La Navidad en Canarias ha evolucionado de manera notable en los últimos cien años, y esa transformación se aprecia con especial claridad en la cocina. La mesa navideña refleja los cambios sociales, económicos y culturales del Archipiélago: pasó de una celebración austera, basada en productos locales de subsistencia, a un repertorio más amplio en el que conviven recetas tradicionales con influencias peninsulares y nuevos hábitos alimentarios. Reconstruir qué se comía en las fiestas “de antes” y qué se come hoy permite entender no solo la gastronomía canaria, sino también cómo vivimos y celebramos la Navidad en Canarias.
Hasta mediados del siglo XX, la Navidad en Canarias era una festividad marcada por la sencillez. No existía la costumbre de preparar grandes banquetes, en parte porque la economía doméstica de la mayoría de las familias no lo permitía y en parte porque no se consideraba imprescindible para celebrar la Nochebuena. Lo importante era la reunión familiar y la participación en los actos religiosos. En ese contexto, los platos típicos estaban elaborados con ingredientes básicos y de temporada.
El caldo de gallina o pollo era uno de los protagonistas más frecuentes de la cena de Nochebuena. Servía para entonar el cuerpo y reunir a la familia en torno a la mesa antes de acudir a la Misa del Gallo (como dato interesante, me gustaría apuntar que en otras regiones, como Cataluña, se cenaba después). El puchero canario, aunque no muy distinto del puchero habitual, se preparaba con un poco más de abundancia: un trozo más de carne, un puñado extra de verduras o algún añadido que durante el resto del año no era tan común. Se convertía así en un plato “festivo” dentro de la austeridad imperante.
El pescado salado era otro elemento presente en la cocina invernal. No necesariamente como sancocho tal como se conoce hoy, sino como parte de la dieta cotidiana que, llegado diciembre, se mantenía porque era fiable, duradero y accesible. El sancocho propiamente dicho —pescado salado, papas, batata, mojo y gofio— estaba más ligado a los tiempos de vigilia, especialmente a la Semana Santa, aunque algunas familias lo adoptaron en Navidad, nunca como una norma general. La carne tenía un papel interesante: se reservaba para ocasiones realmente especiales y en algunas islas, como Fuerteventura, La Palma o El Hierro, el cabrito o baifo asado hacía aparición en las fiestas, aunque no todas las familias podían permitírselo cada año.
Los acompañamientos en la época eran igualmente sencillos: papas sancochadas o arrugadas, batata guisada y pellas de gofio amasado que se compartían entre todos los comensales. Los dulces constituían quizás el elemento más festivo y “esperado” de la Navidad tradicional: Las truchas de batata, fritas y espolvoreadas con azúcar, eran casi universales en el Archipiélago o los rosquetes, de vino, de anís o simplemente fritos, elaborados en casa en la mayoría de los casos. En El Hierro, las quesadillas formaban parte de la celebración, aunque se consumían todo el año. Las bebidas tenían un carácter eminentemente casero: vino elaborado en la propia finca, licor de guindas o mistela aromatizada con especias.
Este paisaje gastronómico comenzó a descomponerse a partir de los años sesenta y setenta, conforme la economía de las islas mejoraba y las familias accedían a un mayor poder adquisitivo. A partir de entonces, la Navidad canaria empezó a incorporar platos más elaborados y recetas de otras regiones, pero siempre manteniendo una base local. Esta pérdida parcial de la herencia y abrazo a la modernidad es lo que caracteriza la mesa navideña contemporánea.


Hoy en día, el cabrito o baifo asado sigue siendo uno de los platos más representativos de la Navidad, especialmente en Fuerteventura, La Palma y Tenerife. Su preparación varía según la isla, pero casi siempre implica adobos con ajo, vino, pimienta y hierbas aromáticas. Se están haciendo esfuerzos desde las administraciones para preservar y fomentar su consumo en fechas tan señaladas. La pata de cochino al horno, muy típica en Tenerife y Gran Canaria, se ha convertido en un clásico moderno: jugosa, aromática y perfecta para reuniones grandes. Las carnes rellenas —pollo, cerdo o incluso pavo— representan otra incorporación relativamente reciente, influida por la tradición peninsular y por la expansión del consumo de productos más estandarizados.
En la actualidad, también tienen protagonismo los pescados frescos al horno: sama, cherne, corvina o vieja, acompañados de papas arrugadas y mojo. El marisco, ausente en las mesas antiguas, forma parte del menú de muchas familias desde finales del siglo XX, sobre todo en forma de langostinos o camarones. En cuanto a entrantes, la ensaladilla rusa se ha convertido en un imprescindible de las cenas navideñas modernas, junto con tablas de quesos canarios, embutidos y panes artesanos.
La cuestión del sancocho en la Navidad actual merece un comentario aparte: aunque no fue un plato navideño tradicional, hoy sí está presente en muchas casas, sobre todo en Gran Canaria y Tenerife. Ha evolucionado de alimento humilde a emblema gastronómico, y su condición de plato abundante y compartible lo ha llevado a ganar espacio en celebraciones familiares, incluida la Nochebuena, aunque no pueda considerarse una costumbre generalizada en todas las islas.
Los dulces navideños modernos mantienen los clásicos —truchas, rosquetes, quesadillas— pero se han enriquecido con polvorones, turrones, marquesotes, mazapanes de Tejeda y postres que combinan recetas antiguas con ingredientes nuevos. El bienmesabe, que siempre fue un postre tradicional, se ha popularizado en presentaciones más contemporáneas, como con helado de vainilla o limón. La variedad de bebidas también ha cambiado: junto al vino casero de antaño, hoy aparecen vinos con denominación de origen canaria y sidras elaboradas en La Palma o Gran Canaria.

Así, la Navidad en Canarias ofrece un mosaico culinario que refleja la memoria y la transformación. Las mesas del pasado, austeras pero profundamente identitarias, han dado paso a celebraciones donde conviven lo antiguo y lo moderno. Las truchas de batata siguen marcando el sabor de la infancia, mientras que las nuevas generaciones asocian la Navidad a la pata de cochino, los entrantes variados y los postres mezclados. Los platos tradicionales no han desaparecido: se han integrado de forma flexible en una gastronomía navideña en constante evolución. En esa convivencia se encuentra la auténtica esencia de la Navidad canaria: una mezcla de herencia, afecto y adaptación, donde cada familia conserva y reinventa su propia forma de celebrar.
En el resto de España, la Navidad dibuja un mapa culinario tan diverso como su geografía. En Galicia el marisco es símbolo de celebración y en Asturias o Cantabria la mesa se llena de caldos, guisos y asados que reconfortan en pleno invierno. En la Meseta triunfa el cochinillo o el lechazo, mientras que en Aragón se reserva un lugar especial para el ternasco. Cataluña celebra con escudella i carn d’olla y los canelones de Sant Esteve y el País Vasco mantiene como clásicos el besugo al horno y la merluza en salsa. En Andalucía, la tradición incorpora pavo relleno, dulces de herencia andalusí y vinos generosos. Cada región conserva así un relato propio que, como ocurre en Canarias, vincula mejor o peor memoria, identidad y celebración. En todas partes se ha impuesto, no obstante, el turrón y el cava u otro espumoso.
Para cerrar, te dejo un refrán muy presente en la tradición hispánica, apropiado para estas fechas: “En Navidad, al rico, turrón y al pobre, ilusión.”
En este año en que se recuerda el centenario de Alonso Quesada (1886–1925), quiero traer su voz auténtica con unos versos de su libro Poemas ingenuos:
«Yo, que soy pobre y triste como un niño,
tengo en mi soledad un claro empeño:
soñar, soñar siempre…
porque el sueño es mío.»
Feliz Navidad y muchos sueños cumplidos en el 2026 estimados lectores y lectoras.