FLORENCIO GUTIÉRREZ, EL MAGO DE LAS ABEJAS QUE VIVE ENTRE COLMENAS Y CARRETERAS.

Por Kiko Barroso

Hay personas que viven con un pie en la ciudad y otro en la naturaleza. Ese es el caso de Florencio Gutiérrez, conocido como el mago de las abejas, un apicultor herreño afincado en Tenerife que lleva más de cuatro décadas dedicando su vida al fascinante mundo de las colmenas. Su profundo respeto por las abejas, su conocimiento del campo y su particular forma de entender la apicultura le han valido reconocimientos tan importantes como el Gran Oro a la mejor miel de Canarias.


Apicultor apasionado y uno de los impulsores del sector en las islas, es además vicepresidente de la Denominación de Origen Miel de Tenerife y el alma detrás de proyectos como La miel del Julan, además de envasar con El Productor, marcas que han conquistado premios y paladares dentro y fuera del archipiélago.


Pero Florencio también tiene otra cara menos conocida: cuando no está entre flores y colmenas, conduce su taxi por las calles de San Cristóbal de La Laguna. Naturaleza, paciencia y conversación se mezclan en la vida de este singular personaje. Hoy tenemos la suerte de conversar con él en Crónicas de Canarias.


Desde muy pequeño, con apenas ocho años, Florencio empezó a tener relación con las abejas. “Ya sentía que podía dedicarme a la apicultura y, con 17 años, compré mis primeras colmenas”, recuerda.


Hablar de su origen es hablar de una tierra única: El Hierro. “La naturaleza tan singular que hay en la isla es la que hace que mis mieles sean especiales. Participa mucho la floración endémica que tenemos allí”, explica, dejando entrever el vínculo inseparable entre territorio y producto.
¿Y qué tiene el llamado “mago de las abejas”? Él lo resume con sencillez: “Mucha paciencia, mucha observación y muchas horas de dedicación a un animal tan interesante”.


Su visión va más allá de la producción. Florencio defiende con firmeza la importancia de proteger la calidad de las mieles canarias: “Es el futuro para las nuevas generaciones. Si no las conservamos y no hacemos mieles de calidad, perdemos identidad. Desde la denominación de origen, nuestro trabajo es velar por un producto tan singular como las mieles de Canarias”.


Sin embargo, no todo es dulce en el sector. Advierte de uno de los grandes retos actuales: la falta de espacio. “Cada vez es más difícil encontrar lugares para mantener las colmenas, y eso me preocupa. No sé dónde podrán hacer apicultura las generaciones que vienen”.
Los premios, lejos de ser un fin, son para él una consecuencia: “Son una satisfacción personal por un trabajo bien hecho y también una señal de que el sector apícola está mejorando en los últimos años”.

Doña Vita, guardiana de cada reconocimiento

Y es ahí donde aparece una figura fundamental en su vida: su madre, doña Vita, guardiana orgullosa de cada uno de esos reconocimientos. En su casa los tiene todos expuestos con mimo, como si cada tarro de miel premiado contara una historia de esfuerzo y constancia. Entre risas, Florencio reconoce que pronto habrá que tirar algún tabique para seguir haciendo hueco a los que están por venir.


En cuanto a su producto, lo tiene claro: cercanía y calidad. “Mi mercancía es miel. El Productor es la marca del Cabildo de Tenerife, de la Casa de la Miel, donde envasamos muchos apicultores que estamos dentro de la denominación de origen. Detrás hay mucho trabajo y cariño por lo que hacemos: producir un producto de calidad para el consumidor canario”.


Florencio no pierde de vista el papel esencial de las abejas en el planeta: “Son fundamentales. Gracias a ellas, casi el 80% de los frutos y semillas que consumimos existen por la polinización. Si desaparecen, el mundo tendría serios problemas”.


Y si hay algo que le llena especialmente, no es un trofeo, según Florencio “la mayor satisfacción es encontrarme con los consumidores y que me digan lo buena que estaba la miel”.


Mientras habla, su vida no se detiene. Entre colmenas y carreteras, describe una jornada cualquiera: desde Anaga hacia distintos puntos de la isla, en plena trashumancia apícola, buscando siempre el mejor lugar antes de que llegue la lluvia.
Así es Florencio Gutiérrez: mitad campo, mitad ciudad, pero completamente entregado a un oficio que, como la miel que produce, requiere tiempo, respeto y una dedicación casi mágica.