FLOR DEL ALMENDRO: EL SABOR DE LA TRADICIÓN QUE PERDURA EN PUNTAGORDA

Por Kiko Barro

Ana Maura Gutiérrez convierte la herencia familiar en uno de los dulces más emblemáticos de La Palma.

En el corazón de Puntagorda, donde cada invierno los almendros cubren el paisaje de blanco y rosa, se esconde una historia hecha de paciencia, memoria y dulzura. Allí, entre aromas de azúcar, limón y almendra recién molida, late la dulcería artesanal Flor del Almendro, un proyecto que resume generaciones de saber hacer.
Al frente está Ana Maura Gutiérrez Candelario, heredera de una tradición repostera que ha sabido mantener viva con mimo y dedicación. Su obrador no solo produce dulces: conserva una parte esencial de la identidad palmera.
Una herencia que nace entre almendras.
La historia de este negocio familiar no se entiende sin mirar atrás. “Todo empezó con mi abuela y con mi madre, dos generaciones que se dedicaron a hacer almendrados”, recuerda Ana Maura.
Desde niña, su aprendizaje fue casi natural. Acompañaba a su abuela en elaboraciones para bodas y celebraciones, absorbiendo técnicas y secretos que nunca dejaron de evolucionar. “Íbamos juntas a los sitios y poco a poco fui aprendiendo de ella, luego sucedió lo mismo con mi madre. Nunca he dejado de aprender”, explica.
Si hay un ingrediente que define su trabajo es, sin duda, la almendra local. “La almendra de La Palma, y sobre todo la de Puntagorda, tiene un sabor especial. Mucho más dulce y mejor para hacer el almendrado”, asegura.
Pero el valor del almendrado va más allá del sabor. Es memoria colectiva.
“El almendrado siempre habla de momentos bonitos, de bodas y celebraciones. No hay celebración en La Palma que no lo tenga”. Y ese vínculo emocional convierte cada pieza en algo más que un dulce: un símbolo de la isla.
Del árbol al horno
El proceso de elaboración sigue siendo artesanal, fiel a las raíces. La jornada comienza temprano: las almendras se escaldan, se pelan a mano y se muelen hasta formar una pasta que se mezcla con azúcar, huevo y ralladura de limón. “Con 15 kilos de almendras hacemos una gran bandeja que a lo largo de la mañana da lugar a los almendrados”, explica mientras trabaja sin pausa entre hornos y bandejas.
“Los almendrados deben quedar doraditos, sin quemarse”, lo afirma sin la menor de las dudas.
Lejos de fórmulas ocultas, el éxito reside en la constancia, no hay secretos, solo tradición. “No hay secretos, hay mucho cariño y mucha fidelidad a la tradición”, afirma. Y esa fidelidad es total: “No ha cambiado en nada. Lo seguimos haciendo prácticamente igual”. El resultado es un dulce de textura suave, aroma cítrico y sabor intenso que remite directamente a la infancia.

El sabor de toda una vida
Para Ana Maura, el almendrado no es solo un producto: es su historia personal. “Llevo toda la vida rodeada de almendras, es el principal recuerdo de infancia que tengo”, confiesa. Hace tres décadas asumió el negocio familiar y lo convirtió en su forma de vida. Y aunque el futuro generacional es incierto, su compromiso es firme: “Quiero seguir haciendo dulces hasta que me jubile”. Es consciente que los almendrados son un símbolo de La Palma y que quien prueba sus almendrados, repite. “Es una emoción tremenda, porque quien lo prueba, vuelve”, insiste con satisfacción. No es casualidad. Para ella, este dulce representa la esencia de la isla: “El almendrado tiene directamente el ADN de La Palma”.

Más allá del obrador
Durante las Fiestas del Almendro en Flor, la dulcería se convierte en parada obligatoria para visitantes y vecinos. “Es un atractivo turístico para el municipio, una tradición de más de 40 años”, recuerda. En un entorno donde han surgido nuevas propuestas, Flor del Almendro mantiene su prestigio gracias a un ingrediente intangible: la autenticidad.
En Puntagorda, cada almendrado es mucho más que un bocado. Es el eco de las abuelas, el trabajo de generaciones y el sabor de una isla que se resiste a olvidar sus raíces