María Domenech / Juan José Laforet
La visita del Papa León XIV a Canarias, los pasados días 11 y 12 de junio, ha marcado época, un hito que la sociedad isleña recordará durante muchas décadas, y pasará a los anales de la historia de Canarias. Un viaje que se esperó con enorme ilusión e inquietud por todos los sectores ciudadanos, sociales, oficiales, desde que meses atrás se venía especulando con la posibilidad real de que, por fin tuviera lugar esta esperada visita de un pontífice a este archipiélago atlántico. Cuando la misma se confirmó definitivamente el conjunto de la sociedad se volcó en los preparativos, nadie dudaba de la trascendencia que tendría, como que millones de ojos de todo el mundo se pondrían, durante mas de dos días, sobre las islas.
La visita de León XIV iba más allá del importante sesgo pastoral que traía, pues su presencia venía a resaltar cuestiones de trascendencia internacional, como el drama de las migraciones, y lo que representa en la sociedad actual, enormemente globalizada y depredadora, los conflictos armados que marcan la cercana África al igual que a otras áreas del mundo, y la necesidad de reflexionar sobre el valor de la paz, e incluso el papel que actividades como el turismo tienen en la conformación de la economía y las relaciones socio-laborales y lo que supondrá en un futuro próximo.


Nunca un Papa, en el tiempo de su pontificado, visitó las Islas Canarias. Sin embargo, siempre hubo una cercanía que, en épocas, fue álgida y muy determinante en la historia insular. Ahora, tras siglos de relaciones que se remontan al siglo XIV, un Papa llegó a esta encrucijada atlántica, que ha sido punto de encuentro entre continentes, crisol de culturas, camino de enorme trascendencia para las ideas y para la propia religión católica. Un Pontífice en el que concurre el hecho de ser descendiente de una familia canaria, oriunda de La Palma, que emigró al Caribe, como han logrado establecer distintos historiadores y genealogistas.
Una visita propuesta y buscada por distintos presidentes del Gobierno de Canarias en las últimas décadas, pero que nunca pudo concretarse por diversas causas, incluso por el Papa Francisco que, pese a su enorme interés en venir y por motivos de salud, no pudo realizar su viaje al encuentro con los migrantes en estas islas, aunque siempre mostró un afecto muy especial por este archipiélago, que sí conocía. Un ánimo y una ilusión que refleja, desde hace noventa y dos años, una placa colocada en el atrio de la Catedral de Canarias, en la que se puede leer: “Su Santidad Pio XII, siendo Cardenal Secretario de Estado, visitó esta S.I. Catedral cuando se dirigía al Congreso Eucarístico de Buenos Aires como Legado Pontificio el 28 de septiembre de 1934”. Una visita que el entonces cardenal Eugenio Pacelli extendió a localidades del centro de la isla y, a su regreso a finales de octubre, a Arucas y Teror, donde la Basílica del Pino luce en su fachada una magnífica vidriera con la figura del Papa Pio XII, donada por el obispo Urquinaona. Una estancia en la isla que marcó época, que provocó muchas reflexiones y debates, que nunca se olvidó. Ahora, en la torre sur de la catedral, frente a la Plaza de Santa Ana, una nueva y hermosa placa de mármol, con las letras y el escudo pontificio labrado en cantería de Arucas por expertas manos artesanas, deja constancia de como “S.S. el papa león XIV visitó la Catedral de Canarias el 11 de junio de 2026. Primera visita de un Pontífice a canarias. Laus Deo”.
De ese jueves 11 de junio son muchos los momentos y las anécdotas a recordar, como la tierna imagen del Papa que cogía en sus brazos a un bebé que le acercaban para que lo bendijera, su llegada a la ciudad y recibir la “llave de oro” de la misma de manos de su alcaldesa, el asombro que mostró al contemplar la imagen de Ntra. Sra. del Pino al acceder al altar levantado en el Estadio de Gran Canaria, o sus palabras desde el balcón del obispado a las numerosísimas personas que se habían congregado para darle las buenas noches y cantarle el “Arrorró”, pero quizá el acto más simbólico sería el del encuentro con migrantes y sus familias en el Muelle de Arguineguín, y aquella imagen suya arrojando al mar unas flores, acompañado de varios protagonistas de esa tragedia humana que se viene produciendo sobre las aguas del Atlántico.
La última escala de la visita apostólica del Papa fue en Tenerife el 12 de junio. La presencia del Pontífice supuso un reclamo tanto para residentes de las islas como para personas llegadas de otros lugares del mundo. La primera parada la realizó en el Centro de Acogida de Las Raíces, un lugar que representa el verdadero sentido de la visita de Su Santidad a nuestro país, cuyo objetivo era poner rostro a la realidad migratoria para despertar conciencias. La visita también le llevó a la ciudad de La Laguna donde pudo conversar con personas que trabajan en la acogida e integración de migrantes para conocer de cerca su testimonio y experiencia. Desde allí, León XIV se trasladó hasta el Obispado de la Diócesis Nivariense, al tiempo que recibía el cariño de la población lagunera. Mientras tanto, Santa Cruz de Tenerife se preparaba para recibir la visita del pontífice.
Con un poco de retraso, según la hora prevista, el papa León XIV llegaba a la capital tinerfeña. Su recorrido por las calles de la ciudad en el Papa Móvil lo inició en La Salle y simbolizó un momento para la historia vivido con entusiasmo por la población chicharrera que, bajo una soleada mañana, arropaba la visita de Su Santidad. Uno de los momentos señalados fue la parada realizada en el Ayuntamiento. Allí, el alcalde de la capital tinerfeña, José Manuel Bermúdez, entregó una réplica de la Santa Cruz, en representación del nombre de la ciudad. Tras esta parada, el Papa León XIV puso rumbo a la explanada del puerto de Santa Cruz donde le recibían más de 35.000 personas que, sometidas a una jornada muy calurosa, madrugaron para ser testigos del histórico mensaje del Sumo Pontífice.


La Eucaristía tuvo como telón de fondo el mar que baña nuestras islas y al que arriban miles de migrantes que eligen la ruta atlántica. En su mensaje, León XIV, agradeció a las islas “su predisposición a dar acogida a esas personas que eligen jugarse la vida expuestas a la desesperación y procedentes de territorios marcados por el peligro, la pobreza o la persecución». Con unas palabras de profundo calado para los asistentes; la Eucaristía estuvo presidida por la imagen del Cristo de La Laguna y la Virgen de Candelaria, ambas fueron trasladadas desde sus respectivas Basílicas para ser testigos y protagonistas de este acontecimiento religioso.
La canariedad también tuvo presencia en la Eucaristía, desde los adornos florales, con el naranja de la strelitzia como protagonista; y la música emblemática de Los Sabandeños y de Chago Melián, entre otras formaciones musicales representativas que también estuvieron presentes.
Si algo debemos destacar de esta visita es, como decíamos, el mensaje de empatía hacia la llegada de la población migrante que el Papa dejó entre la población de las islas. También el reconocimiento hacia nuestras islas por su generosidad frente a la realidad migratoria que nos viene dada por nuestra posición geográfica. Era necesario abrir los ojos, ponerle rostro, voz y testimonio a la travesía que tantas personas enfrentan en busca de un futuro mejor.
La última escala del Papa en Tenerife tuvo un final anecdótico provocado por un problema técnico en el avión que le trasladaría de regreso a Roma. Sin embargo, la rápida actuación del Rey Felipe VI con la puesta a disposición de Falcon oficial permitió que pudiera volver al Vaticano sin más retrasos.
Hoy, tal y como reza el himno de esta visita, alzamos la mirada para agradecer un gesto histórico y sin precedentes para nuestras islas: que un Papa haya elegido nuestras islas como destino para su visita. También hacemos extensivo este agradecimiento al presidente de Canarias, Fernando Clavijo, por trasladar la realidad migratoria hasta el Vaticano para generar conciencia y sembrar el origen de esta visita; a todas las Administraciones estatales y de las islas; y a los Cuerpos de Seguridad por responder con tanta eficacia ante la visita de un Jefe de Estado de esta magnitud.
Mención especial merecen las Diócesis de Canarias y Nivariense por canalizar y hacer posible la presencia del Pontífice que, para siempre, quedará en la memoria de quienes fuimos testigos de ella y que ha permitido que nuestra Canarias sea, a día de hoy, una tierra bendecida en primera persona por un Jefe de la Iglesia Católica: el Papa León XIV.
