Por Kiko Barroso.

“El nombre de Theobroma nace casi de una broma”, cuenta Jordi. “Cuando llevaba poco tiempo en el oficio ya soñaba con tener mi propia pastelería. Lo decía medio en serio, medio en broma, pero siempre estuvo en mi cabeza”. Theobroma proviene del griego antiguo y significa “alimento de los dioses”, un término asociado históricamente al cacao. “Me parecía un nombre perfecto para lo que quería transmitir: que cada creación fuera algo especial, casi sagrado, una experiencia que vaya más allá de lo cotidiano”.
La aventura comenzó como un sueño personal forjado a base de sacrificio y aprendizaje constante. “Vengo de una familia humilde y he renunciado a muchas cosas para poder sacar esto adelante. No ha sido fácil”, reconoce. Tras años de esfuerzo, el 29 de abril de 2024 el proyecto se hizo realidad al abrir las puertas del obrador al público. “Emprender en estos tiempos es complicado, pero cuando crees de verdad en lo que haces, encuentras la fuerza para seguir”.

Hoy el equipo está formado por siete personas que comparten una misma filosofía. “Aquí todos vamos a una: mejorar cada día y seguir creciendo juntos. Cada persona es importante para lograr nuestros objetivos porque esto no lo levanta uno solo, lo levanta un equipo comprometido”.
Quien cruza por primera vez la puerta del local no entra simplemente a comprar un dulce. “Queremos que sientan que están a punto de vivir un momento de puro deleite y felicidad”, explica Jordi. La propuesta combina lo más actual con elaboraciones de toda la vida, siempre frescas y con sabores definidos. “No creemos en las medias tintas. Si algo tiene que saber a chocolate, sabe intensamente a chocolate. Si es una tarta de queso, tiene que emocionar desde el primer bocado”.

Entre los productos que mejor definen la identidad de la casa destacan sus masas y sus rolls, que se han convertido en una de las señas más reconocibles del obrador. Pero la oferta va mucho más allá: semifríos, porciones de tarta, tartas de queso y una amplia variedad de dulces que mantienen el mismo nivel de exigencia. “Nos conocen por algunas especialidades, pero todo lo que hacemos responde a la misma idea: calidad y respeto por el producto”.
Esa calidad empieza, según Jordi, en la materia prima. “La elección del producto es el primer paso en nuestra búsqueda de la excelencia. Premiamos la mejor materia prima posible y, a partir de ahí, con técnica y pasión, transformamos ingredientes sencillos en experiencias inolvidables”. Para él, la pastelería artesanal merece ser defendida. “Trabajamos cada día para que la gente siga valorando lo hecho a mano. La pastelería artesanal está siendo invadida por lo industrial y nosotros queremos demostrar que todavía hay espacio para lo auténtico”.

Mirando al futuro, Jordi mantiene los pies en la tierra pero la ilusión intacta. “El futuro siempre es incierto, pero queremos crecer sin perder nuestra esencia. Me gustaría compartir nuestra pasión con una comunidad cada vez más amplia, seguir evolucionando y creando pero siempre fieles a lo que somos”. En Arucas, Theobroma ya no es una broma de juventud: es un sueño hecho realidad que se hornea cada día con paciencia, sacrificio y una profunda vocación por el sabor verdadero.
Para Jordi Ruiz, Theobroma no es solo un negocio, sino una declaración de intenciones en defensa del oficio y del trabajo bien hecho. En un momento en el que la rapidez y la producción en cadena marcan el ritmo del consumo, su obrador apuesta por el tiempo, la paciencia y el respeto por los procesos. Cada elaboración es el reflejo de horas de dedicación y de una manera de entender la pastelería como cultura, como tradición y también como innovación consciente. “Si conseguimos que alguien cierre los ojos al probar un dulce y sonría, todo el esfuerzo habrá merecido la pena”, afirma. Y quizás ahí esté la clave del éxito de Theobroma Pastelería: convertir lo cotidiano en extraordinario, bocado a bocado, desde el corazón de Arucas.