Por María Domenech
Hay artistas cuya mirada va más allá de lo que ven, que tienen en la interpretación del paisaje y la puesta en valor del territorio una capacidad extraordinaria para convertirlo en arte. En el caso del escultor y pintor grancanario Sergio Gil (Las Palmas de Gran Canaria, 1952) ambas dimensiones conviven desde hace décadas en una obra que ha dejado una profunda huella en el paisaje urbano de Gran Canaria y del Archipiélago.
Esculturas monumentales como La Mirada o El Drago forman parte ya del imaginario colectivo de miles de canarios que conviven diariamente con ellas. Sin embargo, detrás de esas piezas de metal existe un creador que continúa definiéndose de la forma más sencilla posible: «Soy un buscador de la belleza».
Autodidacta y curioso por naturaleza, Gil no se conforma con su capacidad creadora innata, le gusta ilustrarse con la lectura, la observación, la música y el trabajo de campo. Todas esas inquietudes le han capacitado para convertir el paisaje canario, en una obra de arte. Creaciones artísticas que, por suerte, ya están integradas en nuestro territorio como parte simbólica del mismo.
Un artista que nació antes de saberlo
Sergio Gil se define como un artista esencialmente autodidacta, una condición que reivindica como una forma permanente de aprendizaje. Sin límites y sin metas. Asegura que ha sido artista toda su vida, “incluso antes de saber que lo era”. El arte es para Gil una vía de expresión que le ha acompañado desde su infancia, es más, afirma que “no puede vivir sin arte”. Para él, cada obra representa un nuevo comienzo, un reto distinto y la necesidad de evitar repetirse. Esa búsqueda constante explica la evolución de una producción artística que transita con naturalidad entre la pintura y la escultura.
El aprendizaje de un autodidacta
Su infancia transcurrió explorando playas y campos, buscando piedras, formas y texturas donde otros solo veían paisaje. No se conformaba con lo que tenía ante sus ojos y aquella curiosidad le fue correspondida con un entorno privilegiado para desarrollarse: su padre era el pintor Sergio Gil, quien le preparó un pequeño espacio de trabajo donde comenzó a dibujar mientras observaba cómo nacían marinas, retratos y paisajes sobre el lienzo.
Con apenas quince años empezó a tallar sus primeras esculturas utilizando unas humildes cajas de madera de conservas de guayaba procedentes de Cuba. Las conseguía realizando pequeños encargos para los comerciantes del barrio. Aquellos materiales improvisados fueron el inicio de una vocación que nunca abandonaría.
Arte sin etiquetas
A Sergio Gil no le gusta encasillarse, su mirada es amplia, curiosa y generosa. Su obra es suya y de todos. Es parte del paisaje, es símbolo de nuestra cultura y está integrada en nuestra realidad insular. Mientras algunos sitúan su pintura entre el indigenismo, el colorismo o la abstracción, él insiste en definirse únicamente como “alguien que persigue la belleza”.
De Miguel Ángel a César Manrique
Cuando Gil habla de sus referentes lo hace sin establecer fronteras temporales. Su influencia es amplia, cuando se refiere a la obra “El Drago” habla del importante papel que jugaron los viajeros naturalistas que pasaron por las islas, por ejemplo, Alexander von Humboldt.
Admira también a artistas canarios como Jorge Oramas, Santiago Santana o Felo Monzón. Capítulo especial merecen también los grandes clásicos como Miguel Ángel, Rodin, Bernini. Praxíteles, Giacometti, Picasso o, los canarios, Néstor Dámaso, Manuel Millares y César Manrique.

Esculturas que dialogan con el entorno isleño
Quizá la mayor singularidad de Sergio Gil sea la capacidad de integrar su obra en el paisaje.
El historiador, Juan José Laforet, considera que “muchas de sus esculturas han dejado de pertenecer únicamente a su autor para convertirse en patrimonio emocional de los canarios”. Son piezas que dialogan con el territorio y con la historia de la isla, hasta el punto de que muchas personas las identifican como parte natural del entorno urbano.
La monumental La Mirada, situada en Jinámar, es probablemente el mejor ejemplo de esa filosofía. Sus 26 metros de altura la han convertido en un símbolo contemporáneo del paisaje isleño.
Además, si hay una obra de la que Gil se siente especialmente orgulloso, esa es El Drago, convertido desde hace años en uno de los iconos urbanos de Telde, una obra figurativa que hace alusión a ese árbol histórico de nuestro archipiélago canario. Para el artista, El Drago representa la primera gran obra monumental por sus dimensiones y su ubicación. Un árbol de 22 metros en acero cortén que nació bendecido porque el día que se inauguró, llovió. “Una buena regada”, tal y como él recuerda que afianzó una de sus obras emblema.
De la pintura destacan obras como la Serie Cardones de la colección Makaronesia , o sus enormes y significativos murales, como el que en 1988 confecciona para la Casa de la Cultura de Telde, o el mural tríptico para la Casa de la Cultura de San Fernando de Maspalomas.
Pintura y escultura: dos lenguajes, una misma búsqueda de expresión
Aunque sus esculturas monumentales son las más conocidas por el gran público, la pintura también es parte esencial de su expresión artística.
Ambas forman parte del mismo proceso creativo y se complementan mutuamente, son disciplinas que le han permitido crecer y evolucionar.
Para cada creación le gusta empaparse de la lectura, de los libros de historia, de técnica, de poesía, escuchar música. Reflexiona, realiza bocetos, lee, observa el lugar. Le gusta interpretar lo que ve para convertirlo en arte, tener sello propio.
De la escultura destaca la posibilidad de moldear, de generar debate en su diseño, de trabajar sin tiempos. De combinar la habilidad de crear con los conocimientos teóricos.
El arte frente a las modas
En una época marcada por la inmediatez, las nuevas tecnologías y las tendencias del mercado, Gil mantiene una posición firme: el artista debe situarse por encima de las modas y de los intereses comerciales.
En su opinión, «hay que mirar únicamente a los ojos del tiempo» y ser capaz de crear para que la obra trascienda y permanezca a todas las épocas.
El secreto de su creación artística es llevar la emoción a todo lo que hace, esta es la fórmula para pervivir más allá de las tecnologías o d ellos intereses comerciales de cada momento.
Una obra comprometida con Canarias
Más allá de la creación estética, la trayectoria de Sergio Gil refleja un fuerte compromiso con la identidad cultural canaria.
Además de escultor y pintor, ha desarrollado trabajos de diseño gráfico, ilustración editorial, cartelería, logotipos institucionales y revistas culturales, participando activamente en numerosos proyectos relacionados con el patrimonio artístico de las islas.
Su producción constituye un diálogo permanente entre tradición y modernidad, entre la memoria insular y la creación contemporánea.
La belleza como forma de vivir
Tras décadas de exposiciones y de decenas de obras repartidas por distintos municipios del Archipiélago, Sergio Gil siempre ha trabajado con la misma curiosidad que tenía cuando era niño.
No habla de éxito ni de reconocimiento. Prefiere resumir toda una vida dedicada al arte con una reflexión sencilla que explica buena parte de su trayectoria: «Uno viene a esta vida a hacer algo más que ver pasar las horas. El arte es una manera de honrar la vida.»
Esa filosofía resume el legado de un creador que ha hecho de la belleza una búsqueda permanente y que ha contribuido a modelar el paisaje artístico y emocional de Canarias.
