Vanessa Santana
Hay un momento en todas las familias que pasa casi desapercibido. Es el día en que alguien pregunta: ¿Cómo hacía mamá el bienmesabe? ¿o su…? Y nadie sabe responder con exactitud. Uno recuerda que llevaba más almendras. Otro asegura que el secreto estaba en el punto del almíbar. Alguien dice que nunca utilizaba limón y otro insiste en que sí. Todos tienen una versión distinta, pero coinciden en una misma respuesta: No sabe igual.
Es entonces cuando comprendemos que no solo hemos perdido a una persona. También hemos perdido una parte de nuestra historia. Durante años hemos pensado que las grandes herencias eran una casa, una finca, unas joyas o una cuenta bancaria. Sin embargo, existe otra herencia mucho más valiosa que rara vez aparece en un testamento, la memoria gastronómica de una familia, porque las recetas nunca fueron solo recetas.
Fueron domingos alrededor de una mesa. Cumpleaños. Navidades. Meriendas improvisadas. Conversaciones interminables en la cocina, mientras alguien removía un caldero sin imaginar que, además de cocinar, enseñaba una forma de vivir. La cocina ha sido, durante siglos, uno de los lugares donde mejor se ha conservado la identidad de Canarias. No solo por los productos de nuestra tierra, sino por la manera en que aprendimos a cocinarlos. De madres a hijas, de padres a hijos, de abuelos a nietos. Sin escuelas, sin vídeos y, muchas veces, sin un solo papel escrito.
Nuestras abuelas cocinaban «a ojo» o a “puñados”. Añadían una pizca de sal «hasta que lo pidiera». Esperaban «hasta que estuviera». Sabían cuándo apagar el fuego por el olor y no por el reloj. Aquello que para ellas era natural, hoy resulta casi imposible de explicar en una receta, porque cocinar nunca fue únicamente mezclar ingredientes. Era transmitir paciencia, generosidad, tiempo compartido. Así es como recuerdo las croquetas de pescado de mi madre.
Nunca fueron las más sofisticadas. Estaban hechas con el pescado que había sobrado del día anterior, una buena bechamel, cebolla muy picada, perejil fresco y un rebozado dorado en su punto justo. Pero tenían algo que ninguna receta puede escribir.
Mientras se freían, toda la casa cambiaba de olor. Bastaba ese aroma para que todos apareciéramos en la cocina preguntando si ya estaban listas. Aún hoy puedo cerrar los ojos y volver a escuchar el chisporroteo del aceite mientras ella sonreía diciendo: «Todavía les falta un poco».
Años después intenté prepararlas. Compré los mismos ingredientes. Seguí los pasos que recordaba. Utilicé incluso la misma sartén. No sabían igual. Entonces entendí que el ingrediente que faltaba nunca estuvo escrito. Lo mismo ocurre con el bienmesabe. Cada familia canaria guarda el suyo como un pequeño tesoro. En unas casas lleva más almendra. En otras un toque de limón. Algunas recetas pasan de generación en generación desde hace más de cien años, pero ninguna es exactamente igual a otra. Y esa es precisamente su riqueza.
No existen dos memorias idénticas. No existen dos familias iguales. No existen dos recetas que sepan exactamente igual. Porque detrás de cada plato siempre hubo una historia.
Mientras nos preocupamos por conservar iglesias, molinos, casonas antiguas o documentos históricos, miles de recetas familiares desaparecen cada año con quienes las guardaban en su memoria. Y esas pérdidas son irreparables porque no desaparece únicamente un plato, desaparece la forma en que una madre hacía sentir querido a su hijo, la manera en que una abuela reunía a toda la familia cada domingo, el olor que anunciaba que era fiesta, la receta que siempre esperaba al nieto cuando volvía a casa.
Eso también es patrimonio. Un patrimonio que no está protegido por ninguna ley, que no aparece en ningún inventario y que, sin embargo, forma parte de nuestra identidad como pueblo, pues la gastronomía no solo alimenta el cuerpo, también alimenta la memoria. Quizá ha llegado el momento de empezar a proteger ese patrimonio invisible antes de que sea demasiado tarde.
Hoy quiero dejarte un regalo. No cuesta dinero. No tienes que comprar nada especial. Solo necesitas tiempo, el bien más valioso que tenemos y, muchas veces, el que menos compartimos. Busca un viejo recetario familiar, o una simple libreta en blanco. Siéntate con tu madre, con tu padre, con tus abuelos, con tus tíos, con esa vecina que prepara el mejor potaje del barrio, o con esa persona de tu familia cuyo plato favorito nadie ha conseguido repetir.
COCINEN JUNTOS
Cocinen juntos. Pregunta por qué añade ese ingrediente y no otro. Escribe las cantidades, pero también esos pequeños trucos que nunca aparecen en los libros. Anota cuándo se preparaba ese plato, en qué celebraciones estaba presente, y qué recuerdos despierta en quienes lo comparten. No guardes solo la receta, guarda también la historia que la acompaña.
Porque las recetas no solo deben vivir en nuestra memoria, ni permanecer únicamente en nuestro corazón. También merecen quedar escritas sobre el papel, para que puedan viajar de generación en generación. Quizá un día sean tus hijos, tus nietos o tus bisnietos quienes abran esa libreta y preparen aquellas croquetas de pescado, aquel bienmesabe o ese potaje que siempre reunía a la familia. Y mientras el aroma vuelva a llenar la cocina, descubrirán que no solo están cocinando, estarán recuperando una parte de quienes fuimos. Porque la mejor herencia no siempre cabe en una escritura. A veces cabe en una libreta llena de recetas, de recuerdos… y de amor.