MOMENTOS DE SEMANA SANTA GRANCANARIA

Por Juan José Laforet, Cronista Oficial de Gran Canaria

En las calles de Vegueta y Triana, en las del Puerto de La Luz,  por las de barrios más actuales, pero no por ello con menos historia laspalmeña, como es el caso de Schamann y su Parroquia de Los Dolores, por plazoletas y callejones de los antiguos y señeros cascos urbanos de Telde, Agüimes, Teror, Gáldar, Moya oel pueblo de San Lorenzo, ese tiempo del año que los grancanarios siempre denominaron Semana Mayor del Año se manifiesta en esos días como un sentimiento hecho pasión, pendiente del quehacer de cofradías y patronazgos, de penitentes y nazarenos, de hombres de trono o costaleros, del bullicio de monaguillos y del afán  laborioso por parroquias y ermitas. Una verdadera primavera de sentimientos y creencias que florece a la sombra de campanarios y espadañas. Es, como señaló el poeta Ignacio Quintana Marrero en el primer pregón de la Semana Santa de Las Palmas de Gran Canaria, el Viernes de Dolores del año 1948, como “…una revitalización, como una nueva refloración de la Semana Santa, como la soñamos todos, severa y serena, sencilla y alada como una plegaria, reposada y llena de gracia

Y este tiempo, que no por repetitivo en el devenir de los siglos de la historia isleña es cada año menos nuevo y pletórico en el ser y sentir de la grancanariedad, sino que se ofrece plagado de momentos que pueden ser no sólo singulares e irrepetibles, sugerentes y cargados de patentes significados, de escenas y de personajes inolvidables, como Mateito, sochantre honorario de Santo Domingo, cuya enorme popularidad culminaba cada año en Semana Santa, Anita Carval, la sencilla veguetera experta en vestir imágenes que llegó a ser, de este modo, “una gran colaboradora de Luján Pérez”, o el Maestro Tejera, Santiago Tejera, cuyas marchas procesionales recuerdan mejor que nada su colaboración sentimental con la Semana Santa, personajes que Domingo Doreste Fray Lesco perpetuó en sus crónicas allá por el año 1939. 

Días en los que Gran Canaria se atavía con la elegancia y la sencillez que sólo ella sabe hacer, que tiene su expresión en la belleza armónica, limpia, extrema de su blanquísima mantilla canaria,  en los que pasión, fervor y tradición se religan en su máxima armonía y componen una buena parte de la idiosincrasia isleña, de su identidad, de la antigua razón de su ser y sentir, porque se quiera o no, la Semana Santa, la “semana mayor del año”,  siempre estuvo ahí, formado parte de la vida y el destino, generación tras generación, de los grancanarios, una celebración que, como señaló José Miguel Alzola, se puede afirmar que “…se inició en la misma infancia de nuestra ciudad

En esa semana mayor, en ese tiempo semanasantero, son muchos y muy diversos esos momentos que nos seducen, que incluso nos añurgan con los recuerdos más íntimos, y que uno tras otro componen el escenario propio de la Semana Santa insular.                                

Apuntaría esa luminosa mañana de palmitos y olivos, de interminable bullicio y sueños infantiles, por el trianero Parque de San Telmo, o por Teror en la Bendición de Ramos en la Iglesia del Cister, seguida de la procesión de la entrada de Jesús en esa Jerusalén de las medianías isleñas. Miro al caer de la tarde de ese Domingo de Ramos y, al recordar la antigua estampa del “Señor Predicador” por la calles de Santo Domingo, que recorría desde finales del siglo XVII, aunque la  talla que se conserva es obra de Luján Pérez y fue donada en 1802 por la Hermandad del Rosario, me reencuentro con una de las más actuales y arraigadas escenas de la Semana Santa puramente veguetera, la de los nazarenos y costaleros de Nuestro Padre Jesús de la Salud y de la Esperanza de Vegueta, ante la que “un requiebro detiene la tarde/ enmudece gargantas/ que al unísono/ quieren gritar/ ¡Guapa!, ¡Esperanza!/ ¡Esperanza de Vegueta!”  

Tiempo también de escenificaciones de la Pasión que no olvida la que durante años atrajo tanto interés en el isletero Barrio de Las Coloradas, cuyas montañas se conformaban en sugestivo Gólgota isleño y sus calles pasaron a tomar nombre propio pasionista, Semana Santa, Jesús de Nazaret, Dolorosa, Verónica, o la que ofrece Agüimes, basada en la obra del inolvidable escritor Orlando Hernández “Y era el Hijo del hombre”, con más de doscientos actores que ha sido calificada como una de las más llamativas de toda Canarias. Escenificación y escenario de tantas imágenes que hacen de las calles isleñas un museo vivo de creencias, de sentimientos, de devociones, pero también de verdaderas obras de arte de primera magnitud, tanto que Fray Lesco llegó a subrayar como Luján Pérez “…contaba con una exposición permanente en la penumbra de los templos, y periódicamente en la calle, en pleno sol; y con un público: la muchedumbre

Medianoche de silencios junto al “Buen Fin” en su Plazoleta del Espíritu Santo, mediodía de mantillas y rosarios en la Plaza de Santa Ana, mientras suena la marcha fúnebre de Chopin y el Señor Obispo imparte la bendición desde el púlpito de su palacio. Semana del Encuentro, o de la “Procesión del Paso”, que el cronista Luis García de Vegueta recordaba “…entre motetes y nubes de incienso…”, semana de los “Dolores de Triana” cuya salida procesional el periodista Santiago García Ramos pregonó resaltando como con ella “…la Semana Santa de Las Palmas de Gran Canaria tiene el máximo esplendor en el mismísimo corazón de Triana”. Tarde-noche de Jueves Santo paseo y rezo en Vegueta y Triana, pero también por templos y plazas de toda Gran Canaria. 

En la noche del Viernes Santo, tras el silente y gracioso procesionar de su “Retiro” la Dolorosa y la Soledad de la Portería, por Santo Domingo y por San Francisco, se cierra el sublime portalón de la Semana Santa grancanaria. Todo se ha culminado, es tiempo de la luz que viene, que ya se espera… Sábado de Gloria, de nuevo bullicio, algarabía infantil, campanas al vuelo, estallido de triquitraques; momentos únicos que vuelven a nosotros uno y otro año, como vuelve la primavera insular en todo su esplendor.