Kiko Barroso
Treinta años no se cumplen todos los días. Y menos aun cuando detrás hay una historia construida a fuego lento, con esfuerzo, familia y mucho sabor. En el camino de Las Nieves, en Agaete, La Palmita no es solo un restaurante: es un punto de encuentro, un lugar donde el tiempo se detiene entre platos y conversaciones. Hablamos con Juan Antonio Bermúdez Armas, su propietario, para repasar el camino recorrido y descubrir qué viene con la experiencia de 30 años.
Hay lugares que no solo se visitan: se viven. La Palmita es uno de ellos. No nació como nacen los negocios al uso, con un plan perfectamente trazado, sino desde una intuición casi visceral. Un parque en construcción, una oportunidad y una idea que se convirtió en vida.
“Yo ya tenía mi cafetería en Las Palmas, pero cuando vi aquello pensé: aquí me gustaría hacer un restaurante”, recuerda Juan Antonio. No fue fácil. Hubo obstáculos, gestiones, dificultades. Pero también hubo determinación. Y así, casi sin darse cuenta, empezó una historia que hoy suma tres décadas.
Treinta años después, lo que permanece no es solo un local, sino algo mucho más valioso: una clientela fiel que ha crecido con el restaurante. “Siguen viniendo los de antes y ahora también sus hijos”, dice con una sonrisa que mezcla orgullo y gratitud. En un sector tan exigente como la hostelería, resistir es ya un logro. Hacerlo durante tanto tiempo, casi una victoria.
“Mantener un restaurante 30 años hoy en día, casi que es una victoria.”
Porque no todo ha sido fácil. Como en cualquier historia larga, ha habido momentos complicados. “Lo más duro ha sido mantenerse cuando los tiempos no eran buenos”, confiesa. Pero si algo ha sostenido a La Palmita ha sido su esencia: el trato cercano.
Aquí no hay prisas impostadas ni formalidades vacías. Hay nombres propios, miradas cómplices y una manera de entender la restauración donde la clientela deja de ser cliente para convertirse en alguien de casa. “Llamarlo por su nombre, saber lo que le gusta, eso es fundamental”, explica.
Esa filosofía se refleja también en la carta. Sin artificios, sin necesidad de seguir modas pasajeras. La Palmita ha optado por mantenerse fiel a sí misma. “Somos muy clásicos”, reconoce Juan Antonio. Y en esa declaración hay una defensa de lo auténtico: ensaladas, potajes, pescado fresco del Puerto de Las Nieves y, contra todo pronóstico, también buena carne en tierra marinera.
“Somos clásicos, pero con buenos productos y eso nunca falla.”
El restaurante, además, es mucho más que gastronomía, es sobremesa, es pausa, es conversación. “Para mí lo más importante es ver a la gente quedarse, tomar un café, una copa, disfrutar sin mirar el reloj”. En tiempos de inmediatez, ese valor adquiere casi un carácter revolucionario.
El espacio también cuenta su propia historia. La sala interior conserva su esencia, con los cuadros de Pepe Dámaso como testigos silenciosos del paso del tiempo. En la terraza, una reforma reciente ha refrescado el ambiente sin perder el alma. Porque si algo tiene claro Juan Antonio, es que evolucionar, no significa perder la identidad.
Y si hay un pilar invisible que sostiene todo, ese es el equipo o, mejor dicho, la familia. “Somos un grupo pequeño, pero todos familia. Sin equipo, La Palmita no sería nada”. Su mujer, Mariceli, sus hijos, Héctor, Adrián y Alejandro y ahora también la nueva generación, representada por una nieta Martina y un nieto Mario que, como él mismo dice entre risas, “son la reina y el rey”. También el equipo que está en el día a día, Beneharo y Faustina.
“Aquí uno hace de restaurador y, a veces, también de psicólogo.”
Porque en La Palmita también se escuchan historias. Se confiesan preocupaciones, se celebran alegrías. Juan Antonio lo resume con naturalidad: “Hay que entender a la gente”. Quizá por eso muchos vuelven una y otra vez. Porque saben que aquí, además de comer bien, serán bien tratados.
En una época en la que la gastronomía se ha convertido en espectáculo, La Palmita sigue apostando por lo esencial. Producto, cercanía y coherencia. “Nos adaptamos a lo que pide el cliente, pero sin perder lo que somos”, afirma.
Y luego están los pequeños placeres: los platos del día, los guisos canarios que aparecen los fines de semana, ropa vieja, carajacas y unos postres que, según su dueño, tienen su propio público. “Siempre digo que la gente viene por los postres”, comenta entre risas.
El entorno hace el resto. Ubicada en el camino de Las Nieves, en lo que fue una finca platanera, La Palmita respira paisaje. Agaete no es solo un lugar, es un sentimiento. Y el restaurante forma parte ya de esa identidad.
Mirando al futuro, Juan Antonio no habla de grandes planes ni de revoluciones. Habla de algo mucho más sencillo y, a la vez, más difícil: seguir. “Tengo 74 años y la misma ilusión que cuando empecé”. En sus palabras no hay nostalgia, sino una energía serena, la de quien sabe que ha construido algo con sentido.
¿Sueños pendientes? “Que no haya problemas y tener salud”. A veces, lo más importante no necesita adornos.
Y mientras tanto, entre anécdotas, como aquella visita del Nuncio que “comió como un cura de los de antes”, La Palmita sigue haciendo lo que mejor sabe: ofrecer un lugar donde el tiempo no se pierde, se comparte.
Porque hay restaurantes donde se come.
Y hay otros, como este, donde se vuelve.
DESTACADOS:
- En una época en la que la gastronomía se ha convertido en espectáculo, La Palmita sigue apostando por lo esencial: producto, cercanía y coherencia.
- “Somos un grupo pequeño, pero todos familia, sin equipo, La Palmita no sería nada”.
- “Mantener un restaurante 30 años hoy en día, casi que es una victoria.”