LA CICER Y EL “CHUPADERO” DE LAS CANTERAS

Por Juan José Laforet. Cronista Oficial de Gran Canaria

Las Palmas de Gran Canaria, y con ella buena parte de la isla, afrontó, en las primeras décadas del siglo XX, significativas transformaciones en su urbanismo, que, en buena medida, también estuvieron marcadas por los cambios, avances y modernizaciones en el ámbito industrial, tecnológico y portuario, sin olvidar las mejoras en obras públicas como la ampliación del puerto, la apertura de nuevas carreteras al interior o la construcción de presas y grandes depósitos de agua.  En aquel esfuerzo la nueva fuente de energía que suponía la electricidad, que había aparecido en la ciudad el 10 de junio de 1899, en un ambiente festivo y de júbilo masivo, ya exigía nuevas y mayores capacidades veinticinco años después de dar su primer paso en la industria instalada en la Plaza de la Feria por la “Sociedad de Electricidad de Las Palmas”, aquella popular “fábrica de la luz” promovida por el infatigable Eusebio Navarro Ruiz.

Así, también en medio de gran expectación, y generando muchas nuevas expectativas, y como uno de los puntos destacados de la visita del entonces presidente del gobierno, el general jerezano Primo de Rivera, el 21 de octubre de 1928 un sociedad mercantil alemana, dirigida en sus inicios por el ingeniero Gustav Winter, bajo la denominación de “Compañía Insular Colonial de Electricidad y Riegos”, luego sencillamente conocida por sus siglas: CICER, inauguraba una segunda “fábrica de la luz”, en un acto solemne y muy concurrido, que bautizaba con el nombre de “Alfonso XIII”. Una potente industria a base de turbinas de vapor, que utilizaban el carbón como combustible -años más tarde se sustituiría este combustible por Fueloil y posteriormente por gasoil-, y generaban una potencia eléctrica de 9.000 kilovatios. Su ubicación, en un espacio que corresponde en la actualidad con uno de los tramos más concurridos y urbanizados del paseo de Las Canteras en el orbe del Barrio de Guanarteme, se escogió precisamente por todo lo contrario. Era entonces lo que se necesitaba en el proyecto, un lugar alejado de la ciudad, con disponibilidad de amplios terrenos, sin población que se viera afectada por aquella industria y cerca del mar, de donde tomar el agua necesaria para enfriar las turbina.

Y, una vez más, una actividad humana, industrial en este caso, no solo alteró el aspecto físico de un entorno geográfico, sino que también lo caracterizó y hasta le dio un nombre que aún permanece: “la CICER”. Y es que apenas cuatro años después de su inauguración, tras fusionarse en 1932 aquellas dos primeras compañías eléctricas en una sola, Unión Eléctrica de Canarias, mas conocida como UNELCO, y desmontarse la industria ubicada en el Barrio de Arenales, que ya estaba muy poblado, la CICER quedó como única industria eléctrica de la isla, que a partir de 1940 procedió a tender, poco a poco, cables eléctricos hacia el sur de la isla, dando servicio eléctrico a Telde y poblaciones próximas, así como por el norte llegaría en un principio a los grandes núcleos urbanos de Guía y Gáldar. Sin embargo, no se puede olvidar el papel que jugaron pequeñas empresas, cuando no los propios ayuntamientos, que instalaron motores con los que, al caer de la tarde y hasta una hora acordada, que se ampliaba en los días festivos, proveían de fluido eléctrico a calles y viviendas, aunque también en casos se utilizaban para molinos de extracción de agua o molinos de gofio, como fue el de la entrada de Santa Brígida.

Otro topónimo popular que propició la CICER fue el de “El Chupadero”. La “fábrica de la luz” requería tomar, o sea “chupar”, agua del mar continuamente para enfriar sus potentes turbinas, y esa agua, una vez que pasaba por los conductos de refrigeración de la maquinaria se devolvía a la mar, lo que produjo una amplia hondonada de agua caliente, lo que permitía a muchas personas tomar un curioso baño de agua caliente. Aquel “chupadero inicial debió ser sustituido por otro entre unos pequeños diques, o muelles, para evitar que el agua entrara a las turbinas con arena, lo que afectaba mucho su mantenimiento. Esto también incidió en la toponimia del lugar, que paso a ser conocido en una parte como “los muellitos”, en extremo occidental de la playa de la CICER, hoy junto al Auditorio Alfredo Kraus en Las Palmas de Gran Canaria, que funciona como una zona de pequeños espigones artificiales, un conocido pico de surf y una pequeña cala de arena.

LA CICER, que casi llegó a nuestros días, pues el edificio no se demolería hasta la última década del siglo XX, tuvo una importancia vital hasta finales de los años sesenta, cuando aparecieron los primeros proyectos de desalación y la producción de energía eléctrica paso a estar vinculada a ellos. Si embargo, su recuerdo permanece convertido en elemento identitario de un espacio muy característico de la actual geografía urbana de la capital grancanaria y del Barrio de Guanarteme.