Antonio I. Hernández
El artesano, nombrado Hijo Predilecto, encarna la esencia de un municipio que reconoce en su figura el valor del trabajo, la cultura popular y la dedicación a mantener vivas las costumbres que han acompañado a generaciones de santaluceños.
El teatro Víctor Jara fue escenario de un acto cargado de emoción y sentido comunitario en el que Juan Ramírez recibió la distinción de Hijo Predilecto. Su figura representa mucho más que una trayectoria personal ejemplar: simboliza la permanencia de un modo de vida que ha moldeado la identidad del municipio a lo largo de los años. Desde su infancia, marcada por el esfuerzo en las plantaciones del Barranco de Balos y su posterior actividad en diversos oficios tradicionales, Juan Ramírez ha encarnado los valores de una generación acostumbrada al sacrificio y a la cercanía con la tierra.
Ese vínculo profundo con el territorio ha sido una constante en su vida. A pesar de sus distintos trabajos, tanto en su municipio como en la capital grancanaria, nunca perdió el contacto con las costumbres que definen a Santa Lucía de Tirajana. Con el paso del tiempo, su rol se transformó: de joven trabajador a referente cultural, de vecino implicado a custodio de tradiciones. Su presencia ha sido indispensable en la organización de celebraciones trascendentales para la comunidad, como las fiestas de Santa Lucía y Los Labradores, donde su colaboración ha contribuido a preservar prácticas que forman parte del patrimonio inmaterial del municipio.
Su dedicación al cuidado de la talla y al acompañamiento de la Virgen durante la Romería es otra muestra de su compromiso: un trabajo discreto, constante y profundamente sentido, que conecta lo espiritual con lo comunitario y que fortalece los lazos entre generaciones.
Entre esas tradiciones destaca su participación en el juicio del Haragán, una expresión festiva cargada de humor y simbolismo popular que ha sobrevivido gracias a la implicación de vecinos como él.
El reconocimiento como Hijo Predilecto no solo pone en valor su trayectoria personal, sino que reivindica la importancia de quienes, desde la sencillez y la entrega cotidiana, contribuyen a mantener vivo el pulso cultural del municipio. En Juan Ramírez se reconoce la figura del vecino que escucha, que colabora, que respeta lo heredado y que entiende la tradición como un legado que debe ser cuidado y transmitido. Su ejemplo recuerda que la identidad de un pueblo no se escribe únicamente en libros o archivos, sino en la vida de las personas que sostienen, día tras día, las costumbres que dan sentido a la comunidad.
Para Santa Lucía de Tirajana, Juan Ramírez es mucho más que un homenajeado: es un eslabón imprescindible en la cadena que une pasado, presente y futuro. Su vida demuestra que la historia de un lugar se mantiene viva gracias a quienes la encarnan, la cuidan y la comparten con orgullo.