Por Juan José Laforet. Cronista Oficial de Las Palmas de Gran Canaria
Domingo J. Navarro, en sus recuerdos referidos al siglo XIX grancanario, herederos muy próximos de otros de siglos anteriores, deja claro que la “Noche de Difuntos” tenía el carácter de la “última fiesta del año” –la Navidad en realidad sugiere ser mas la puerta simbólica de entrada en un nuevo ciclo, en un nuevo año–, en cuanto se refería a fiestas mayores de la isla, y en ella “…se reunían las familias a jugar a la perinola, comiendo castañas y dulces, que saboreaban con buenas copas de vino rancio y con licores, en festiva francachela, cuentecillos chistosos y alegres bromas…”, junto con otras muchas tradiciones y costumbres que nosotros procuramos mantener igual de sugestivas.
Incluso pese al temor grave que a muchos infunde la expansión de celebraciones y ritos ajenos, deslocalizadores –y permítanme utilizar este concepto tan del gusto de ejecutivos y de repipis, que no recoge el DRAE, pero que tanto ha cundido y ahora me viene bien– del ser y sentir propio de una comunidad, pues sólo el hecho de retomar con fuerza una celebración, sean cual sean transitoriamente sus manifestaciones externas, invoca ya la fuerza y el carácter de ineludible que tiene en lo más hondo del magma constitutivo de ese cuerpo social pues, como asevera Marvin Harris en sus bases antropológicas, indefectiblemente “todas las sociedades tienen sus creencias, símbolos y rituales sagrados que se oponen a los acontecimientos ordinarios o profanos”, y tarde o temprano terminan por encontrarse incómodas, incluso con cierto sentimiento de angustia, con todo aquello que, en definitiva, les es ajeno, que les aleja del verdadero ser y sentir en que han conformado su idiosincrasia.
Desde esta perspectiva he seguido, desde hace mucho tiempo, con detenimiento y curiosidad, las celebraciones que se daban y se dan en la actualidad por estas fechas, y me he encontrado un camino que lleva más allá de las fronteras isleñas, desde antiguas y olvidadas prácticas que tienen su origen en los pueblos del Mediterráneo, hasta las más vivas, coloristas y sugestivas de la mayoría de las comunidades americanas, sin olvidar el insípido, anodino y mercantilista Halloween, que en vez de convivir pretende anular a las verdaderas expresiones tradicionales.
En todo lo visto y disfrutado la “fiesta de finados”, la “noche de difuntos”, se convierte en el trasunto de una maravillosa celebración de vida que danza en esa frontera invisible entre el presente y el más allá que, por esa noche, parece estar aquí. Son celebraciones populares tradicionales, aunque también pueden tener enunciados más elaborados, como representaciones teatrales y conciertos, pero también son motivo de una expresión que llega a conformar el propio carácter urbano y monumental, determinadas expresiones artísticas y culturales. La ciudad de los vivos no olvida a la de los muertos que, en tiempos, levantó muy próxima, quizá para que la eternidad estuviera también presente por mucho tiempo en esta residencia en la tierra. Y ese conjunto arquitectónico, artístico, antropológico, social y cultural que es un camposanto, que cobra verdadera presencia y particular sentido en estos días de finados, de difuntos, se alza como un verdadero monumento inseparable del rostro más propio de la ciudad, de su aspecto físico y de alma que señala y da carácter a sus vecinos.
Es algo de lo que ha acontecido con un cementerio como el de Vegueta, cuya declaración de BIC avalan todas las justificaciones habidas y por haber y declarado, no hace muchos años, por Ayuntamiento y Cabildo como verdadero “Panteón de Grancanarios Ilustres”, al que sustraerle la más mínima piedra de sus longevos y sagrados muros es extraerle una parte de su quintaesencia simbólica y ritual para el ser y el sentir, la idiosincrasia y el carácter de Las Palmas de Gran Canaria en su historia y en su devenir.


El Cementerio de Vegueta, desde su misma construcción, a partir de 1811, unió a su existencia el nombre de importantes artistas grancanarios y foráneos. Si ya en sus comienzos contó con el propio escultor José Luján Pérez para el diseño del frontis de su portada neoclásica, a lo largo de una gran parte del diecinueve, en una época fundamental para la historia de este primer camposanto de Las Palmas de Gran Canaria, su historia estuvo muy unida al nombre de ese gran e inexcusable artista para la capital grancanaria que fue Manuel Ponce de León. A su inspiración y diseño se deben elementos tan señeros para la imagen que ha consolidado con el paso del tiempo como es el pórtico de su entrada, la desaparecida verja de su puerta principal o la gran cruz neogótica que se alza en el centro del primer patio.
Junto a ellos una serie de monumentos funerarios tan destacados, que ha estudiado minuciosamente la profesora María de los Reyes Hernández Socorro, como el de la familia León-Joven de Salas, la capilla funeraria de la esposa de Francisco de León, la capilla del panteón de la familia García-Sarmiento o el impresionante monumento funerario de Cristóbal del Castillo. En el siglo XX su primer patio se vio enriquecido con esculturas como la que el gran artista palentino Victorio Macho realizó para la tumba del poeta Tomás Morales, la del monumento de Candelaria Manrique de Lara del escultor italiano Rinaldo Rinaldi, o ya más recientemente las esculturas que el artista grancanario Juan Correa hizo de Antonio López Botas y del Dr. Chil y Naranjo, así como la escultura de Alfredo Kraus de la artista Lourdes Umerez, y la propia de Martín Chirino que corona su tumba, junto con otros muchos símbolos, señas y marcas, de especial sensibilidad, que recuerdan personajes, instituciones hechos y efemérides que conforman el discurrir histórico de Gran Canaria y su capital.
Un año más el camposanto veguetero se honra y se destaca en esta celebración isleña de los finados, de los difuntos, pues se constituye en monumento de todos esos finados que transitaron las páginas más puntuales, arriesgadas ó gloriosas de la historia insular, y hoy, ya anónimos para el recuerdo y la memoria colectiva, pasan a ser, en gran medida, como diría Alonso Quesada “los finados de todos” nosotros, se instituye en monumento del ser y sentir de una historia insular a la que le arrancaríamos alguna pagina si a él le tocáramos algunas de las piedras que le dan forma y carácter desde hace ya más de dos siglos.