Por Juan José Laforet. Cronista Oficial de Gran Canaria
Llega noviembre con su “Noche de Difuntos”, con sus ranchos de ánimas y sus taifas de finados, con sus castañas asadas, su gofio tostado y largos tragos de vino rancio (un magnífico licor añejado en botellas de vidrio expuestas a las oscilaciones de las temperaturas bajo el sol y en la noche, que consumían muchísimo nuestros antepasados), la que siempre fue, como recordaba el cronista Domingo J. Navarro, “…la última fiesta del año (…) noche en que se reunían las familias a jugar a la perinola, comiendo castañas y dulces, que saboreaban con buenas copas de vino rancio y con licores, en festiva francachela, cuentecillos chistosos y alegres bromas…”; fiesta familiar y popular que aún, en cierta manera y lugares, intenta mantener su esencia.
Días en los que, para ello, se puede ir a lugares isleños con tanto sabor como la Plaza de San Lorenzo que se celebra su Taifa de Finados, o por los callejones y plazas vegueteras con sus pasacalles y baile en la Plaza de Andrés Déniz, donde aún se respira algo aquellas esencias que embelesaban al propio Domingo José Navarro, por Santa Brígida, donde, como señaló alguien por allí, “…los muertos tienen su fiesta en una noche olorosa, mágica y nostálgica, entre castañas asadas, nueces y anís…”, y, un poco después, por la Vega de Arriba, San Mateo, donde las ramblas de la iglesia te acogen en una de las más concurridas y animadas celebraciones de finados de toda la isla, sin olvidar , si el cuerpo aún da para tanto trajín y finada, a los ranchos de ánimas que rondan a sus vecinos con sus cadenciosos sones por las calles de Teror, de Los Arbejales, de Valsequillo y de La Aldea, o en algún año sumarse en Artenara o Tejeda, donde era costumbre antigua y arraigada, a una comida a base de “mojo cochino” y pan amasado en la propia casa. En fin, con una vieja talega, para pedir “los santos”, como un niño más, tocar en cada puerta e inocentemente preguntaré ¿hay santos?
Una pregunta similar a las que Alonso Quesada se hacía para abrir su inolvidable artículo “Finados”, en el que mostraba su irónico asombro al ver como los señores de Galindo celebraban “los muertos en general”. “Lo mismo que han hecho los señores de Tarajano y los de Robaina. En lugar de escribir artículos conmemorativos, estos excelentes ciudadanos han intentado huir de la muerte nutriéndose con castañas y fortaleciéndose con ponche. Después de acostarse rezarán la oración por los suyos, pero antes quieren ponerse a salvo de toda funeral eventualidad”. Y es que, añadía, estos “finados que celebran nuestros amigos más bien parecen nacidos, tal es el contento que ponen en guisar la castaña”.


También son días sagrados para visitar el lugar donde descansan los restos de los finados de cada uno, aunque no se olvida que hay finados que son un poco de todos, gentes de siglos atrás que anónimamente entregaron la vida por su isla y sus gentes y hoy no se sabe bien ni donde reposan. Y es que hablamos de Cementerios con más de doscientos años de existencia como es el de Vegueta, hoy convertido en verdadero “panteón de grancanarios ilustres”, que se abrió en 1811 cumpliendo tardíamente una ordenanza del ilustrado rey Carlos III y con mucha prisa pues lo exigía la enorme epidemia de “fiebre amarilla” que tanta mortandad trajo a la isla. Pero antes hubo otros y otras formas de dar sepultura a los finados, como aquel cementerio del viejo Hospital de San Martín, trasladado a un osario cercano a la Catedral, los que hubo en el interior de los grandes conventos de San Ildefonso, las Claras o San Bernardo, extramuros junto al Hospital de San Lázaro, o el del cólera junto a la atalayera ermita de la Concepción, de los que casi nadie se acuerda o menciona, en los que reposan anónimos y olvidados muchos de los primeros habitantes de esta ciudad, a los que se recuerda y hacen “los finados de todos” en estos días, y se les conmemora respetuosamente entre ranchos de ánimas y golosas taifas de castañas, piñas y vino rancio.
Como ya nos recordó el inolvidable José Miguel Alzola, los días de Todos los Santos y de Difuntos se conmemoraban solemnemente en las iglesias de nuestra isla con preces y acciones litúrgicas; en los cementerios, adornando con luces y flores las tumbas de los familiares; y en las casas, tomando determinados postres que recibían, por parte del pueblo, el nombre mismo de la festividad: los finados. Pero esta era también una celebración vecinal, comunitaria, social, donde todos esos ritos se compartían y se convivía en un ambiente cercano, amical, entrañable de gran familia, pues era algo que trascendía lo estrictamente personal.
Por ello sobrecoge y emociona profundamente el poder hablar de todo ello en estos días cuando Gran Canaria celebra estas hondas y expresivas tradiciones, y recuerda a quienes, con su paso por esta vida, notable o anónimamente, dejaron una huella y marcaron indeleblemente el devenir de su comunidad, el ser y sentir de sus convecinos.
