Antes de que conducir fuera un acto cotidiano, un reducido grupo de mujeres canarias decidió desafiar las normas de su tiempo. Desde Gran Canaria hasta Tenerife, propietarias, empresarias, taxistas, docentes y deportistas fueron abriendo camino en un mundo reservado casi exclusivamente a los hombres, dejando una huella que hoy forma parte de la historia del automóvil en las Islas.
La historia del automóvil en Canarias no solo se escribió con motores, carreteras y competiciones. También lleva nombre de mujer. Durante décadas, muchas de ellas permanecieron en un discreto segundo plano, ocultas entre expedientes de matriculación, fotografías en blanco y negro o breves referencias en la prensa. Sin embargo, fueron auténticas pioneras que contribuyeron, con determinación y valentía, a transformar una sociedad en pleno cambio.
En España, las mujeres no pudieron solicitar oficialmente el permiso de conducir hasta el Real Decreto de 23 de julio de 1918. Aun así, debían contar con autorización paterna o marital, presentar un certificado médico y acreditar su buena conducta mediante un documento expedido por la Alcaldía. Conducir era entonces mucho más que aprender a manejar un automóvil: suponía romper barreras sociales.
Aunque la escritora Emilia Pardo Bazán ya había conducido un coche en 1904 como reivindicación de la igualdad, la primera española en obtener oficialmente el permiso fue la leonesa Catalina García González, en 1925. Pero en Canarias ya había mujeres que comenzaban a escribir su propia historia.
Gran Canaria, el primer paso
La primera mujer de la que se tiene constancia en las Islas solicitando un permiso de circulación fue doña María Dolores de la Rocha y Casabuena, viuda de Diego Manrique de Lara. El 18 de noviembre de 1912 matriculó un elegante Daimler doble phaeton, apenas unos años después de la llegada de los primeros automóviles al Archipiélago. Su iniciativa refleja cómo algunas mujeres de la sociedad canaria empezaban a incorporar el automóvil a su vida cotidiana cuando aún era un auténtico símbolo de modernidad.
Décadas más tarde, Gran Canaria volvería a situarse a la vanguardia del automovilismo femenino. El 2 de mayo de 1954, durante la celebración del I Rallye Isla de Gran Canaria, Patricia Middleton y Ana María Betancor participaron a bordo de un Austin, convirtiéndose en las primeras mujeres en competir en una prueba automovilística de las Islas y demostrando que la velocidad también podía tener nombre femenino.
Tenerife, una historia llena de pioneras
Si Gran Canaria dio los primeros pasos, Tenerife pronto reunió a un extraordinario grupo de mujeres que marcarían un antes y un después en la historia del automóvil canario.
La primera propietaria de un vehículo fue doña Catalina de León-Huerta y Molina, Marquesa de Villafuerte, quien registró en septiembre de 1910 un Berliet doble phaeton. Lo más llamativo es que contaba entonces con 80 años de edad, un detalle que rompe cualquier estereotipo sobre la edad y la modernidad. Posteriormente también sería propietaria de un Benz.
En 1914 aparece otro nombre destacado, el de doña María Magdalena Marrero y Marrero, vinculada a un Napier destinado al servicio público, en una época en la que muy pocas mujeres figuraban como titulares de vehículos.
Especialmente significativa resulta la historia de Adela Onieva Tejera. Entre 1920 y 1921 matriculó cinco automóviles Ford, convirtiéndose en la primera empresaria del automóvil en Tenerife. La documentación conserva además un detalle tan revelador como emotivo: Adela no sabía escribir y otras personas firmaban por ella. Lejos de ser un obstáculo, aquella circunstancia no le impidió desarrollar una actividad empresarial pionera.
Entre las primeras propietarias también destaca doña Candelaria Méndez, viuda de Zárate, cuyo Ford era conducido por su chófer, así como la güimarera doña María del Pilar Nóbrega y Navarro. Maestra, directora de colegios y posteriormente una de las primeras concejalas del Ayuntamiento de Güímar, adquirió un Ford en 1920, convirtiendo el automóvil en una herramienta de trabajo y de independencia.
Las primeras al volante
Todo indica que la primera mujer en obtener el permiso de conducir en Tenerife fue doña Carmen Rosa Dehesa Escuder. Miembro de una conocida familia vinculada a la banca y la política insular, aparece inmortalizada junto a su Opel matriculado en 1931, una imagen que simboliza el acceso de la mujer a la conducción en la isla.
Apenas dos años antes, el periódico El Progreso recogía la solicitud presentada por doña Concepción Hernández Alonso para obtener una licencia de taxi destinada a su automóvil Whippet. Aunque probablemente el vehículo fuese conducido por un chófer, aquella gestión evidenciaba la creciente presencia femenina en un sector hasta entonces completamente masculino.
Ese camino tendría continuidad con una mujer muy recordada por los tinerfeños: María Toledo Torres, conocida como «Maruca». Desde mediados de los años sesenta ejercía como taxista al volante de su Mercedes-Benz 200 D, convirtiéndose en la segunda mujer taxista de España y en un ejemplo de independencia y perseverancia.
Mujeres que aceleraron el cambio
La incorporación femenina al automovilismo deportivo también encontró en Tenerife a una de sus grandes referentes. En el I Gran Premio de Tenerife, celebrado en 1965, Gloria Castresana y Angelita García Estrada participaron en una competición que hasta entonces parecía reservada a los hombres.
Pero pocos nombres despiertan tanto cariño entre los aficionados como el de Hortensia Hernández, la inolvidable «Tenta». Integrante de una de las familias más vinculadas al motor en Canarias, comenzó compitiendo en una gymkhana en 1965 y terminó convirtiéndose en una de las pilotos más destacadas de su generación. Al volante de sus Simca Rallye conquistó la Copa de Damas del Campeonato de España de Rallyes y abrió nuevas puertas para las mujeres en el deporte del motor. Más tarde también sería una de las primeras mujeres en dirigir una empresa del sector del automóvil, demostrando que su liderazgo iba mucho más allá de los circuitos.
Más de cien años después de aquellas primeras matrículas, las carreteras canarias siguen guardando la memoria de estas mujeres que se atrevieron a conducir cuando hacerlo era casi un acto de rebeldía. Gracias a ellas, el automóvil dejó de ser un territorio exclusivamente masculino para convertirse, también, en un espacio de libertad. Recuperar hoy sus nombres no es solo un ejercicio de memoria histórica, sino un homenaje a quienes, con discreción y coraje, ayudaron a cambiar el rumbo de la sociedad canaria.