ALONSO QUESADA, CIEN AÑOS DE GRANDIOSA ETERNIDAD

Por Juan José Laforet. Cronista Oficial de Gran Canaria

12 de octubre de 1892

Gran Canaria, en las primeras décadas del siglo XX, pese a momentos muy duros derivados de factores internos y externos que agravaron su situación económica, social, política, vivió un momento muy intenso e ilusionante, donde la cultura floreció en una etapa que algunos tratadistas han dado en denominar como verdadera época de plata insular. Si la constitución del Cabildo Insular abrió una senda de muchas esperanzas, a las que pronto respondió con crecientes capacidades de emprendimiento, en el parnaso artístico, literario o periodístico, pronto los grancanarios se encontraron con hitos que luego marcaría la propia identidad insular a lo largo del siglo XX. Fue el caso de la apertura de un Instituto de Enseñanzas Medias, tan largamente reclamado, la creación de la mítica Escuela de Artes Luján Pérez, crisol de nuevas sendas del arte isleño, o una actividad periodística muy intensa y con un sugerente carácter propio, de la mano de plumas que marcaron la vida cotidiana de una ciudad como Las palmas de Gran Canaria. Pero sería en el terreno de la poesía donde surgieron tres voces grandiosas, tres poetas que pronto, y pese a la corta vida de dos de ellos, como fueron Tomás Morales, Alonso Quesada y Saulo Torón, se erigen en verdadero hito de la identidad de Gran canaria, que hoy los recuerda, frente a ese mar que ellos tanto redescubrieron en su alma canaria, con un bello monumento en el Puerto de Las Nieves, por el mar de Agaete.

Una de esas voces poéticas fue la de Alonso Quesada, que junto a Tomás Morales fue el gran poeta atlántico del modernismo. Ambos contemplaban el mar en el espejo de su espíritu, con una actitud muy similar ante él, ante la percepción de “aislamiento”. Pero, mientras que, para Tomás Morales, el mar es puerto, barco, camino, para Alonso Quesada el mar es barrera, obstáculo; es un mar limitado por la línea del horizonte. Un sentimiento en el autor del “Lino de los sueños” (poemario publicado en Madrid en 1915) ante el que el rector de Salamanca, Miguel de Unamuno percibe un intimismo familiar y hogareño, una “brisa doméstica” en la que “todo sabe a hogar, a un hogar en el que al poeta acompañan seis mujeres”. 

Muchas fueron las dificultades, los esfuerzos, la controversia y desesperanza cotidiana, en una realidad que, desde muy joven se le impuso a raudales, y, sin embargo, la ilusión, el alma, la intensidad creativa nunca pudo ser atajada por nada, y Alonso Quesada creó y legó a su tierra, a la literatura y el periodismo una obra que fue mucho más allá y se instituyó en santo y seña de una isla, de un tiempo y una cultura. Y el canto proverbial, grandioso, del poeta que decía adiós, aún joven, un 4 de noviembre de 1925, hace ahora cien años, sigue resonando en las montañas y las costas de la Gran Canaria: “¡Montes de fuego, donde ayer sentía / mi adolescencia el ansia de otros lares!… / Campos, eriales, soledad eterna; / -honda meditación de toda cosa-. / El sol dando de lleno en los peñascos / y el mar… como invitando a lo imposible! / ¡Todos se han ido! Y, desnudo y solo, / sobre una roca, frente al mar, aguardo / el mañana, ¡y el otro!”.

Alonso Quesada, seudónimo (o quizá, después de tanta historia, su auténtico nombre) de Rafael Romero Quesada llegó a este mundo un 5 de diciembre de 1886. Colaboró en periódicos y revistas insulares desde muy joven, pero al fallecer su padre debió afrontar el sostenimiento de su madre y de sus hermanas, lo que produjo una tensión personal entre sus versas y su trabajo en oficinas británicas “del alma aritmética y practicista, que le daban una paga y le exigían un trabajo que no era para él”, para don Alonso Quesada “profeso Caballero de la noche”, cuyos poemas cantaban como “Yo gano el pan de una infeliz manera, / porque yo no nací para estas cosas: / hago unas sumas y unas reducciones; y así me consideran y pagan…”. En 1910, con veinticuatro años obtiene el segundo premio de aquellos célebres Juegos Florales en el Teatro Pérez Galdós que tuvieron como mantenedor a Miguel de Unamuno. Fue entre 1916 y 1917 director del periódico Ecos. En 1918 realizó un viaje a Madrid que resultó muy intenso, con muy buena acogida, pero él regreso “cargado de desilusiones”.  En 1920 contrajo matrimonio y, cinco años después, con treinta y nueve años, fallece en Santa Brígida, en el entorno de la Plaza de Dña. Luis, a donde se había trasladado para buscar un alivio a la grave tuberculosis que sufría. Y se marchó en esos mismos días de “Finados” sobre los que él escribió incisivamente. “Los señores de galindo han celebrado sus finados. ¿Cómo? ¿Celebran sus muertos? No, no. Los muertos de ellos solos, no. Han celebrado los muertos en general”. 

Poesía, teatro, novela, textos periodísticos insuperables, componen una gigantesca obra que no sólo reflejan el mundo de su autor, sino que señalan el ser y sentir de la isla en aquel convulso comienzo del siglo XX. Inolvidable sus “Crónicas de la ciudad y de la noche” (1919), que Gabriel Miró tildó de “una elegancia y de una ironía luminosísimas” “Smoking-Room 1918-1920”, una sugerente colección de cuentos ineludible para entender la presencia británica en la isla, “Las inquietudes del Hall” (1922) una novela corta que, como los cuentos, “está en la línea del mejor humorismo”. Una obra que tiene palabras, culmen de un sentimiento que entregó a toda la isla, en versos como: “Tierras de Gran Canaria, sin colores, / ¡secas!, en mi niñez tan luminosas”.