Por Juan José Laforet. Cronista Oficial de Gran Canaria
19 de octubre de 1526
Jerónimo Saavedra Acevedo, en tiempos de su alcaldía, un 23 de febrero de 2009, no dudó en señalar como “la historia la hacen los pueblos. Con sus iniciativas, con sus hechos, con sus costumbres y tradiciones, y lo decía a propósito de la destacada iniciativa promovida por la por la Asociación Día Isleta, que contaba con el apoyo de un amplio colectivo vecinal, para conmemorar un hecho sobresaliente en el devenir de la capital insular, y con ella de toda la isla, como fue la colocación de la primera piedra del Puerto de La Luz y de Las Palmas. Ese recinto portuario sobre el que ya Fernando león y Castillo llegó a apuntar que, para los grancanarios, “el puerto debía ser lo primero”. Así el Ayuntamiento dictaba el decreto por el que de creaba, cada 26 de febrero, el “Día de La Isleta”.
Pero si se habla del origen del poblamiento y la importancia que, como núcleo urbano, comercial, industrial, naval, e incluso socio-cultural, tiene el barrio de La Isleta, este año 2026 hay que tener en cuenta una efeméride en la que se encierra un elocuente prolegómeno para no sólo para la historia y el devenir de esta zona de la Bahía de Las Isletas, sino para resaltar como ya hace quinientos años en Gran canaria, en su capital se tenía ya conciencia, una idea muy clara, de la trascendencia que tendría el poblar aquella zona y crear un núcleo urbano que favoreciera y atendiera adecuadamente al tráfico marítimo atlántico, favorecido ya, en aquel comienzo del siglo XVI, por las navegaciones entre Europa, América y África.
Y en ese mundo atlántico, que se abría a muchas y novedosas rutas, que cambiaron el destino de la humanidad, justo cuando crecía la nueva ciudad atlántica, con vocación cosmopolita y de encrucijada intercontinental, que procuraba un crecimiento poblacional muy señalado, pues a la luz de los señalado por el profesor Woolf sí las “ciudades son asentamientos densamente poblados construidos para perdurar durante varias generaciones, y la riqueza y las ocupaciones de sus habitantes son heterogéneas”, y teniendo en cuenta que el profesor Manuel Lobo Cabrera (2023) precisa que “en 1515 se declara la necesidad que tenía la isla de que habitasen en ella personas con su familia con el fin de aumentar el poblamiento, quizá debido al gran número de transeúntes y estantes que circulaban por la ciudad, atraídos por el comercio, pero sin intención de asentarse en la tierra”, se entendía y se esperaba contar con un adecuado y bien dotado ámbito portuario, que atendiera las necesidades no sólo del tráfico marítimo insular, sino el de las navegaciones atlánticas, algo a lo que intentaba responder, además de facilitar el establecimiento y aumento poblacional de la época, la real “Licencia para que se pueda poblar el puerto de las Isletas”, dada en Granada el 19 de octubre de 1526, por el emperador Carlos V en el palacio de la Alhambra, mientras pasaba allí los días de su luna de miel, tras su matrimonio con Isabel de Portugal en Sevilla el mes de marzo anterior, y un mes antes de haber aprobado, allí mismo, la creación de la Real Audiencia de Canarias.
Una licencia que tenía a dicho puerto como el principal surgidero de donde se sirve y provee toda la isla, y ordenaba que se diera permiso para que, cualquier persona que quisiera vivir en el puerto, pudiese vender mantenimiento y productos a los buques, a los extranjeros y a toda persona que se lo demandase, y que con esto “en el dicho puerto se haría pueblo de algunos vecinos que querrían tener casa”. Entendía, además, la real provisión que con esto “el dicho puerto se acompañaría y estaría más segura la fortaleza que la dicha isla tiene en el dicho puerto e los marineros y extranjeros hallarían los mantenimientos baratos e se podrían dar solares a los que en el en el dicho puerto quisiesen venir a vivir…”. Gran Canaria tenía claro hace ya quinientos años cual era la importancia y trascendencia del lugar, de que estuviera habitado y con actividades diversas, pues de ello dependerían en mucho el progreso de la isla. No se logró plenamente hasta finales del siglo XIX, pero en una fecha como el “Día de La Isleta” no se puede olvidar, ni dejar pasar desapercibida, esta efeméride en la que se asienta claramente muchos de los precedentes de este querido barrio grancanario.