Entre piedras de moler, granos tostados y recuerdos de quienes trabajaron entre sus paredes, La Molina de San Bartolomé recupera poco a poco su historia. Un espacio que nació ligado a las necesidades de una isla y que hoy busca convertirse en mucho más que un lugar donde se hace gofio: un punto de encuentro entre patrimonio, territorio, agricultura y memoria. Hablamos con Lourdes Rodríguez, responsable de la recuperación de este espacio.
Hay edificios que se conservan y edificios que siguen contando historias. La Molina de San Bartolomé pertenece a los segundos. Sus paredes, su maquinaria y sus piedras de moler hablan de una época en la que transformar el grano en alimento formaba parte de la vida cotidiana y aprovechar cada recurso era una necesidad.
Para Lourdes Rodríguez entrar en La Molina supone viajar directamente a la historia de Lanzarote. «La Molina tiene algo que va mucho más allá de ser un edificio histórico. Es un lugar que nos permite entrar directamente en la historia de Lanzarote, en sus costumbres. Podemos sentir sensaciones que han quedado impregnadas con el paso del tiempo, la soledad, las altas temperaturas, el calor y el sufrimiento de los molineros».
La construcción se remonta a la segunda mitad del siglo XIX y desde 1874 pasó por diferentes propietarios. En 1919, José María Gil la adquirió y volvió a ponerla en funcionamiento, incorporando un motor de gasoil. Pero, más allá de las fechas, permanece la huella de quienes hicieron posible que aquel grano terminara convertido en uno de los alimentos fundamentales de Canarias.
«Cuando uno contempla hoy la maquinaria e intenta imaginar cómo se trabajaba entonces, comprende que detrás de cada kilo de gofio había mucho conocimiento y mucho trabajo», señala Lourdes.
Un alimento nacido de la tierra
Durante generaciones, los molinos fueron piezas esenciales de la vida cotidiana de Lanzarote. El gofio formaba parte de la alimentación diaria de muchas familias y permitía aprovechar los productos de una tierra marcada por la aridez, la escasez de agua y la dificultad para cultivar.
«Los molinos fueron fundamentales. El gofio formaba parte de la alimentación diaria de muchas familias y el molino era el lugar donde ese grano se transformaba en un alimento que después estaba presente en los hogares», recuerda Rodríguez.
Esta cultura del aprovechamiento todavía permanece. Algunas familias siguen llevando sus propios granos a La Molina para tostarlos y molerlos, manteniendo una pequeña economía de autoconsumo vinculada especialmente a las generaciones mayores.
«En la actualidad también molemos y tostamos granos que traen las familias. Es una economía de autoconsumo. Suelen ser personas mayores que aún siguen vinculadas a esas tradiciones».
El reto está ahora en conseguir que esa relación con la tierra no termine con una generación. El proyecto contempla recuperar terrenos y favorecer que los más jóvenes vuelvan a implicarse en el cultivo y la producción.
El oficio detrás de cada kilo
Elaborar gofio puede parecer hoy una operación sencilla: tostar, moler y empaquetar. Sin embargo, detrás existe un conocimiento transmitido durante generaciones.
Todo comienza con el grano. En Lanzarote destacan productos como el millo y el garbanzo, pero el tueste es uno de los momentos decisivos. «El tueste es fundamental porque es el que va a darle al gofio buena parte de su aroma y de su sabor. Y después, con la molienda, conseguimos esa textura característica», explica Lourdes.
La Molina ha incorporado algunos medios modernos, pero mantiene su esencia artesanal. «Hemos modernizado algo pero muy poco». Las piedras de moler continúan teniendo protagonismo y el empaquetado y la colocación de las etiquetas se realizan a mano.
La intención es que la recuperación del edificio no implique convertirlo en una pieza de museo aislada. «Yo no quería que La Molina fuera simplemente un edificio bonito que se conserva. Quería que volviera a contar su historia, que la gente pudiera entrar, ver las máquinas, conocer cómo se hacía el gofio y entender lo que significó».
La Molina es hoy Bien de Interés Cultural, una condición que implica una responsabilidad especial. «Cuando tienes delante un espacio con tanta historia sabes que no te pertenece solamente a ti. Tú lo recibes, lo cuidas y tienes la responsabilidad de transmitirlo».
De ahí el interés por desarrollar visitas y actividades de divulgación también dirigidas a colegios e institutos. «Creo que el patrimonio tiene sentido cuando se conoce y se comparte».
Gofio: identidad en un puñado de harina
Hablar de La Molina conduce inevitablemente al gofio. Un alimento sencillo y humilde pero profundamente ligado a la identidad de Canarias.
«El gofio es mucho más que un alimento, es parte de nuestra identidad», afirma Lourdes.
Su historia está ligada a agricultores y familias que encontraron en los cereales tostados una forma práctica de alimentarse y aprovechar los productos disponibles. Hoy, además, su versatilidad le permite abrirse camino en la gastronomía contemporánea.
«Es un producto sencillo, pero enormemente versátil. Se puede utilizar de muchas maneras y forma parte tanto de nuestra cocina tradicional como de nuevas propuestas gastronómicas».
Dentro de esta recuperación destaca una variedad especialmente singular: el gofio de garbanzo de Lanzarote.
El regreso del gofio de garbanzo
La recuperación de esta variedad combina memoria y nuevas demandas. Fueron los agricultores mayores quienes recordaron aquella antigua fórmula mientras que deportistas comenzaron a solicitarla.
«Fue una petición de los consumidores», explica Lourdes.
El resultado ofrece un perfil diferente al de los gofios elaborados exclusivamente con cereales. Tiene un sabor más dulce y aromático que recuerda al garbanzo tostado y puede resultar especialmente atractivo para quienes se acercan por primera vez al gofio.
«Es más dulce, más aromático, recuerda a los garbancitos tostados. Incluso es una buena fórmula para comenzar a consumir gofio».
Sobre el secreto para conseguir un buen tostado del garbanzo, Lourdes prefiere mantener la tradición de los viejos maestros: «Es un secreto (risas) y debe quedarse así, pero hay fórmula especial».
Puede tomarse con leche, caldo o potaje. Su elección personal tiene una forma muy canaria de expresarse: «A mí personalmente, en pella».
Siete años de historias
Los siete años vinculados al proyecto de La Molina han dejado mucho más que trabajo. Han dejado personas y recuerdos.
Lourdes recuerda especialmente a Alcibíades, un hombre llegado de La Gomera para poner en marcha La Molina. También guarda un recuerdo especial de su experiencia durante el proceso de reconocimiento de Lanzarote como Sistema Importante del Patrimonio Agrícola Mundial (SIPAM) por la FAO, que le permitió comprender todavía mejor el valor del territorio y de la agricultura insular.
Pero son quizás las historias anónimas las que mejor representan el espíritu del proyecto.
«Ese señor anónimo que lleva su propio grano a tostar a La Molina y, mientras espera, te cuenta su historia, la de su familia y la de ese grano que ha cultivado».
Son encuentros que convierten La Molina en algo más que un espacio patrimonial: un lugar donde todavía se cruzan las personas, los productos y los recuerdos.
«Esos momentos son los que te hacen comprender que La Molina no es solamente un lugar donde se hace gofio. Es un punto de encuentro con nuestra gente y con nuestra memoria».
Mirar hacia delante sin olvidar de dónde venimos
Mantener una iniciativa artesanal y patrimonial no está exento de dificultades. Lourdes señala que, pese a tratarse de un proyecto pequeño y generador de empleo, debe afrontar costes y exigencias similares a los de grandes industrias.
«Porque a pesar de estar ante un proyecto patrimonial, artesanal, que da empleo, se nos exige por parte de la administración lo mismo que se le exige a una gran industria con los mismos costes».
A pesar de ello, la voluntad es continuar recuperando el espacio y convertirlo en un lugar abierto, visitable y capaz de explicar tanto el pasado como el futuro de Lanzarote.
La filosofía del proyecto puede resumirse en una idea: conservar sin convertir el patrimonio en una pieza inmóvil. La Molina mira hacia atrás para recuperar técnicas, sabores y recuerdos, pero también hacia delante para encontrar nuevas maneras de transmitir ese legado.
Si alguien pudiera viajar cien años atrás y regresar hoy a San Bartolomé, probablemente se encontraría con un espacio diferente. «No la reconocería, porque no solo es gofio, es un centro de interpretación con guiños también al futuro».
Y quizá ahí reside el verdadero valor de La Molina: haber entendido que conservar la memoria no significa detener el tiempo, sino permitir que siga formando parte del presente.
En el centro de todo permanece el gofio, un producto sencillo que reúne gastronomía, territorio, tradición e identidad. «Está degustando un producto natural, con alimento sin alterar y con historia».