María Doménech
Juan Carlos Mateu
El fuerte viento y una decisión temeraria de un mando militar propiciaron uno de los accidentes más sentidos que se recuerdan en la isla de Fuerteventura. Ocurrió el 11 de abril de 1972 en el transcurso de unas maniobras de los ejércitos de tierra, mar y aire en Tefía (Puerto del Rosario).
El ejercicio, denominado “Maxorata-72”, movilizó a cinco mil hombres en un simulacro que consistía en la toma de un aeródromo. Aquella mañana, alrededor de un centenar de paracaidistas, pertenecientes a la Bandera Roger de Flor, saltaron desde cinco aviones DC3 con base en Gando (Gran Canaria). Las fuertes rachas de viento los arrastraron hasta tres kilómetros y terminaron precipitándose contra un llano empedrado conocido como el Tablero de La Laguna. Fallecieron once soldados y dos sargentos. Medio centenar de militares resultaron gravemente heridos.
La censura cortó de inmediato cualquier información que saltara a los medios de comunicación. Se trató de evitar como fuera la amplificación mediática del siniestro.
El corresponsal de Televisión Española en Fuerteventura, Gerardo Jorge, sufrió los métodos de la dictadura franquista, al serle requisado todo el material audiovisual y fotográfico por altos cargos castrenses. No hubo fotos ni información escrita sobre las circunstancias de la tragedia. El periodista, que seguía las maniobras desde el puesto de mando, acompañado por el cámara Antonio Santana, confesó que, poco antes de que se iniciaran los ejercicios, escuchó a un general preguntar al comandante de la Brigada de Paracaidistas por el riesgo del fuerte viento reinante. Su respuesta, según el reportero, fue clara: “Mis hombres están preparados para morir”.
Los heridos fueron conducidos en coches particulares, taxis y camionetas militares al centro clínico “Nuestra Señora de la Peña”, en la capital majorera. La ayuda de los vecinos resultó fundamental para transportar a las víctimas en una isla donde no había ambulancias. Los vecinos de Puerto del Rosario acudieron en masa a donar sangre, pero los medios sanitarios eran muy limitados y los médicos apenas podían atender a los heridos. “Les poníamos un suero y los evacuábamos a Las Palmas”, apuntó Arístides Hernández, único facultativo en Fuerteventura durante décadas.
En el lugar de la catástrofe se levantó un monumento con el nombre de los fallecidos y en 2003 se añadió una escultura con la inscripción: “Dios, Victoria, Honor, Triunfar o Morir”. Miembros de la Brigada de Paracaidistas se reúnen cada 11 de abril en Tefía para honrar a los muertos.