Por Juan José Laforet. Cronista Oficial de Gran Canaria
Si mucho se habla de fiestas y todo tipo de saraos y divertimentos en la época estival grancanaria, que en buena medida culminan en Gran Canaria con las “Fiestas del Pino”, también debemos tener muy presente que los días de verano son el momento placido y relajado para dedicar unas horas a la lectura. Es algo que incluso se ha promovido desde instancias oficiales, con campañas de lectura en la misma playa, o de anónima iniciativa ciudadana, como se ve en numerosas playas de la isla, e incluso en el paseo de la Avenida marítima de la Capital, donde una espontánea y alegre iniciativa que pide que se lleven libros y se dejen en lugares marcados específicamente para ello.
Así, de usarlos a diario allí, también se llenaran de salitre, en una verdadera fiesta de la lectura, pero que ya era toda una costumbre entre muchos grancanarios en su tiempo de reposo en el estío, donde incluso en las horas cálidas al anochecer eran habituales grupos familiares o de amigos, que se reunían entorno a la lectura de determinadas obras en voz alta –sin que faltaran los comentarios espontáneos, llenos de curiosidad, de más de uno-, o la lectura por capítulos de los folletones, que entonces publicaban muchos de los periódicos locales, y que en verano se convertían en algo enormemente útil a nivel individual o para estas reuniones simpáticas de lectura compartida.
Algo de ello debió también ocurrir con el cuento “Pino”, del escritor y periodista grancanario Miguel Sarmiento Salom, que la madrileña revista Blanco y Negro ofreció hace cien años en su edición del 9 de abril de 1910. Miguel Sarmiento , nacido hace 150 años en Las Palmas de Gran Canaria, el 13 de agosto de 1876, al que el escritor y crítico literario tinerfeño Sebastián Padrón Acosta calificó como “magnífico cuentista y novelador”, ofrecía ese año un atractivo cuento de ambiente isleño que tiene por protagonistas a dos jóvenes enamorados, Juan y Pino, que transitan su existencia en un ambiente puramente isleño, “allí, entre cuatro surcos, se encerraban los afanes de su vida entera; allí derribado por la muerte cayó su padre un día, besando el terruño que fue su cruz y sus amores…”. Una obra que se adelantaba en la primavera pero que sería lectura segura de aquel verano, y que se uniría a su novela “La Jaira”, también de gran ambiente canario, publicada por Leoncio Rodríguez en su “Biblioteca Canaria”. “Pino”, publicado con dos atractivas ilustraciones de Regidor, fue seleccionado por Blanco y Negro a través de su concurso de cuentos, al que Miguel Sarmiento lo presentó bajo el lema de “Aquellos días”, cuando contaba 34 años y ya se encontraba establecido en Barcelona, donde estudiaba la carrera de Derecho y ejerció el periodismo, lo que hizo que Claudio Ametller lo definiera como “exquisito escritor canario trasplantado a Cataluña”, y donde había publicado el año anterior su obra “Así” y pocos años después, en 1915, “Al largo”, con unas interesantes ilustraciones suyas de factura modernista.
Aunque arraigado en Barcelona y casado con María Pourcel Bouché en Mallorca, donde nacieron sus hijos Caridad y Juan Miguel y había publicado en 1899 su obra en prosa “Muchachita”, la añoranza le hizo regresar a Gran Canaria en 1923, donde falleció tres años después un 24 de junio, hace 100 años. Al año siguiente, 1927, aparecería en su ciudad natal su obra póstuma “Lo que fui”. Esta, junto con el libro que recoge su “Obra Narrativa”, publicado por el Gobierno de Canarias en 1990, o el mismo cuento “Pino” rescatado de Blanco y Negro a través de la Hemeroteca de ABC, constituyen unas buenas lecturas para este tiempo de verano isleño, donde, y dicho con las mismas palabras que culminan este cuento de Miguel Sarmiento en Blanco y Negro, aún “En la infinita soledad del campo, en la quietud de la noche serena, cantan los grillos…”.
Días estivales agosteños que alegres y bulliciosos llevan, como e una auténtica romería por todas las localidades de Gran Canaria, a los días de El Pino y Teror, que son verdadera biblia del ser y sentir grancanario, exponentes de la revalorización de lo propio que ya reclamaba, en su inolvidable conferencia de 1936, el pintor Néstor Martín Fernández de la Torre. Pero El Pino y Teror, en sus emociones y en sus añoranzas, también es un verdadero milagro de solidaridad y amor que cada año hace la Patrona de Gran Canaria. Se entiende así que Néstor Álamo, que conocía perfectamente los orígenes y el devenir de la historia isleña de Ntra. Sra. de El Pino, siempre insistiera en que debíamos “…aceptar el milagro y la leyenda”.