Recientemente he leído un artículo que analiza los problemas que pueden derivarse del uso indiscriminado de la inteligencia artificial por nuestra población infantojuvenil (M. Fernández-Andújar, J. González-Cabrera, A. Romero et al., Anales de Pediatría, https://doi.org/10.1016/j.anpedi.2026.504191), y creo que es de interés general conocer algunos aspectos.
Eduardo Doménech Martínez
Por décadas, hemos aceptado la tecnología en nuestros hogares de forma acrítica, bajo la falsa premisa de que tener más dispositivos equivale a una mejor preparación educativa. Se asumió que el uso habitual de herramientas digitales generaría de manera directa pensamiento crítico, creatividad o habilidades de resolución de problemas, sin atender a los procesos cognitivos y educativos necesarios para su adquisición real. Estas decisiones, profundamente condicionadas por intereses económicos, situaron a la población infantojuvenil no solo como usuaria de la tecnología, sino como consumidor estratégico de servicios digitales, objetivo prioritario de campañas publicitarias y de estrategias de recopilación masiva de datos personales. Sin embargo, la llegada de la Inteligencia Artificial Generativa (IAGen) marca un punto de inflexión que nos obliga a detenernos y aplicar un principio de precaución que hasta ahora hemos ignorado
El error del pasado: El Smartphone
Para entender el riesgo actual, debemos mirar atrás. En España, la mayoría de los niños recibe su primer móvil antes de los 11 años, una etapa crítica para la formación de su identidad y habilidades sociales. En este contexto, la presión social –el «todos lo tienen menos yo»- ha prevalecido sobre una reflexión ajustada a la madurez que le corresponde al menor por su neurodesarrollo, por el impacto de las redes sociales en la salud, el aprendizaje y en la socialización, y por tipo de uso y contenido previsto. Esta «normalización temprana» ha pasado factura: alteraciones del sueño, problemas de atención, ciberacoso y un desplazamiento de actividades vitales como el juego y la lectura. Hemos tratado la tecnología como algo neutro, ignorando que los niños no son solo usuarios, sino objetivos estratégicos de campañas de datos y publicidad.
¿Por qué la IA es diferente?
Desde 2022, la irrupción de la Inteligencia Artificial Generativa (IAGen) marca un punto de inflexión relevante. A diferencia de innovaciones tecnológicas previas, la IAGen supone un incremento cuantitativo y cualitativo con potencial para optimizar los procesos y la eficiencia laboral. La IAGen implica la introducción de sistemas capaces de interactuar con lenguaje natural, generar contenidos nuevos y originales personalizados (texto, imagen, voz o vídeo) e integrarse de forma prácticamente invisible en plataformas y servicios ya utilizados. Su adopción es vertiginosa y su capacidad de penetración en las esferas del ámbito de la salud, académico, social, familiar y personal resulta inédita.
La IAGen no es una herramienta más; es un mediador permanente entre el menor y su realidad. A diferencia de buscadores o redes sociales previas, la IA puede dialogar, anticiparse y mostrar comportamientos «cuasihumanos» en la adquisición de habilidades sociales. Existe el riesgo de debilitar capacidades esenciales como el esfuerzo cognitivo sostenido, la tolerancia a la frustración, la exploración creativa autónoma o el aprendizaje social basado en el ensayo-error presencia. Esto plantea riesgos profundos para el neurodesarrollo en etapas de alta plasticidad cerebral:
Sustitución del esfuerzo: Al asumir funciones cognitivas, puede reducir la tolerancia a la frustración y la exploración creativa.
Interferencia social: Las relaciones con sistemas conversacionales podrían debilitar el aprendizaje social basado en la interacción presencial.
Identidad y soledad: La IA puede filtrar la realidad y ofrecer una compañía aparente que, en última instancia, acentúa la soledad del joven.
Por ello, el desarrollo y despliegue de estas tecnologías debe guiarse por marcos éticos sólidos que sitúen el derecho a un neurodesarrollo adecuado, así como el bienestar infantojuvenil en el centro de este debate (tabla 1).
Las tres grandes amenazas
Los expertos identifican dimensiones de riesgo que afectan de forma sistémica a la población infantojuvenil:
Privacidad y salud: La recopilación masiva de datos personales vulnera el derecho a un desarrollo integral.
Diseño adictivo: Las plataformas utilizan técnicas de la «economía de la atención» diseñadas específicamente para captar y retener a los jóvenes el mayor tiempo posible.
Sesgo algorítmico: La IA puede reproducir desigualdades y prejuicios, afectando las oportunidades educativas de los menores más vulnerables.
Una hoja de ruta para el futuro: El «principio de precaución inteligente»
No podemos permitirnos llegar tarde de nuevo. La respuesta debe ser coordinada entre familias, escuelas y médicos:
En casa: Es vital retrasar la entrega del primer smartphone y evitar que la IA se convierta en un «canguro digital» o regulador emocional. Debemos recordar que el aburrimiento y la dificultad son necesarios para un crecimiento saludable.
En la consulta médica: Los pediatras debe empezar a evaluar el uso de la IA en las revisiones habituales para detectar dependencias emocionales, identificando posibles situaciones de sustitución de actividades presenciales o exposición a contenidos inadecuados.
En la escuela: No se trata de introducir tecnología por miedo a la obsolescencia, sino de evaluar en qué contextos aporta valor real sin erosionar el aprendizaje profundo.
Finalmente, resulta imprescindible un marco regulatorio: Necesitamos leyes que limiten la explotación comercial de los datos de menores y el diseño conductual opaco
Conclusión:
La IAGen representa un cambio de paradigma. A diferencia de procesos previos, desde el inicio sabemos que plantea riesgos profundos, sin que ello excluya la aparición de otros aún no anticipables, especialmente a medida que sus sistemas adquieran mayores grados de autonomía. Sabemos que no es neutra y que, como mediador permanente, puede generar dependencias y amplificar problemas de salud y desigualdades si se introduce sin control en etapas sensibles del neurodesarrollo. La cuestión clave es si seremos capaces de aplicar un principio de precaución inteligente: avanzar con prudencia, evaluación rigurosa y un compromiso firme con la protección de la infancia y la adolescencia. De no hacerlo, existe un riesgo real de enfrentar, en pocos años, efectos adversos difíciles de revertir. No podemos permitirnos llegar tarde de nuevo.