La Vuelta al Mundo en una copa: el vino de Gran Canaria y la memoria de un paisaje

Vanessa Santana

Mucho antes de que el turismo se convirtiera en una industria global, existía en Gran Canaria una forma particular de viajar y comprender el territorio profundamente vinculada al vino, a las medianías y a una ruta suspendida entre la memoria oral y las crónicas antiguas: la mítica “Vuelta al Mundo”.

Aquel nombre evoca expediciones románticas y aventuras de otros tiempos. Sin embargo, esta travesía no necesitaba barcos ni océanos. Bastaba un camino de tierra atravesando viñedos, el sonido de una parranda en una bodega y la imagen imponente de la Caldera de Bandama abriéndose ante los viajeros europeos que llegaban a la isla buscando salud, exotismo y belleza.

La ruta de la hospitalidad

La ruta partía de Las Palmas de Gran Canaria y recorría Telde, Higuera Canaria, el Barranco de La Angostura, La Atalaya, Bandama y el Monte Lentiscal, antes de regresar a la capital. Entre finales del siglo XIX y principios del XX, este recorrido se convirtió en una de las grandes experiencias paisajísticas de la isla. Gran Canaria empezaba a descubrir que su territorio podía emocionar a quienes venían de fuera, y el vino ocupaba un lugar central en esa identidad.

Los visitantes británicos, alemanes o franceses ascendían en tartanas o en los primeros automóviles abiertos, cubiertos de polvo y protegidos con largos guardapolvos. Ante ellos aparecía un paisaje volcánico transformado por siglos de agricultura paciente. Las laderas del Monte Lentiscal estaban cubiertas de viñedos y las bodegas abrían sus puertas junto a los caminos, ofreciendo el vino como símbolo de hospitalidad mucho antes de que existiera el concepto moderno de enoturismo.

Gran Canaria entendió entonces que el verdadero lujo estaba en la autenticidad. El vino no era simplemente un producto agrícola; era territorio, conversación, memoria y orgullo colectivo.

El origen del «Canary Wine»

Para comprender la importancia de aquel paisaje hay que retroceder a los siglos en los que los vinos canarios comenzaron a conquistar Europa y a navegar por el Atlántico. Tras la conquista del archipiélago, los nuevos pobladores comprobaron que las tierras volcánicas ofrecían condiciones extraordinarias para la vid. La posición estratégica de Canarias la convirtió en escala fundamental para los barcos que iban hacia América o regresaban de ella, los cuales necesitaban provisiones y caldos capaces de soportar largas travesías marítimas.

Los vinos de las medianías de Gran Canaria reunían esas cualidades. Su graduación natural y su estabilidad permitían transportarlos durante meses sin perder sus propiedades. Así comenzaron a viajar hacia Inglaterra, Flandes o las colonias americanas. El Canary Wine dejó pronto de ser un recurso logístico para convertirse en un símbolo de prestigio en las cortes europeas, donde la aristocracia inglesa desarrolló una auténtica fascinación por ellos.

Esa conexión se consolidó en el siglo XIX, cuando Canarias empezó a ser percibida como un destino terapéutico. Los informes médicos británicos defendían las bondades del clima canario para combatir afecciones respiratorias, y las clases acomodadas comenzaron a viajar buscando aire limpio y descanso. En ese contexto, Santa Brígida y el Monte Lentiscal se convirtieron en los primeros enclaves turísticos de la isla, con hoteles pioneros como el Quiney’s Bella Vista Hotel o el Hotel Santa Brígida. Los viajeros no solo buscaban reposo; querían conocer bodegas, caminos rurales y formas de vida locales.

La escritora británica Olivia Stone reflejó este asombro en 1883. Sus textos plasman la admiración por el paisaje agrícola del Monte Lentiscal y por la manera en que el ser humano había logrado domesticar un territorio volcánico aparentemente imposible, observando los viñedos descender entre cenizas volcánicas y pendientes abruptas.

Viticultura heroica y un patrimonio único

Ahí estaba una de las claves del vino de Gran Canaria: su capacidad para convertir la dureza del territorio en identidad. El viñedo canario nunca fue fácil. Las pendientes pronunciadas, la escasez de agua y el suelo obligaron a desarrollar una viticultura compleja, manual y heroica, basada en muros de piedra seca y terrazas.

Por eso, hablar de vinos volcánicos es hablar de una forma de sobrevivir y relacionarse con la tierra. Variedades como el Listán Negro, Listán Blanco, Malvasía Volcánica, Vijariego, Marmajuelo o Verdello representan memoria agrícola y siglos de adaptación.

Además, las islas poseen una singularidad extraordinaria: la filoxera nunca llegó al archipiélago. Mientras gran parte de Europa perdió sus viñedos históricos en el siglo XIX y tuvo que reconstruirlos sobre raíces americanas, muchas parras canarias sobrevivieron intactas, plantadas en pie franco. Cada vieja parra del Monte Lentiscal contiene, literalmente, un fragmento vivo de la historia agrícola europea.

Esta excepcionalidad explica el interés actual que despiertan estos vinos entre sumilleres y especialistas internacionales. En un mercado dominado por la uniformidad, Gran Canaria ofrece autenticidad: vinos con tensión, salinidad, frescura y marcada personalidad mineral.

Resistencia cultural y futuro

Su valor no es solo técnico; está también en el relato que los acompaña. Las fotografías históricas muestran a visitantes entrando en lagares donde los esperaban música popular, queso, pan y vino. Aquello no era un espectáculo artificial diseñado para turistas; era hospitalidad real.

Por eso, recuperar la memoria de la “Vuelta al Mundo” es una oportunidad para reflexionar sobre el modelo de isla que queremos construir. Durante décadas, el turismo masivo ocultó estos relatos. Hoy, estas medianías viven amenazadas por la presión urbanística, el abandono agrícola y la pérdida progresiva del paisaje productivo. Cada viñedo abandonado representa una pérdida patrimonial profunda, porque el paisaje del vino es una construcción cultural colectiva.

En este sentido, el vino de Gran Canaria se ha convertido en una herramienta de resistencia cultural frente a la homogeneización. Cada vez más bodegas entienden que el futuro pasa por reivindicar lo que las hace diferentes: recuperar variedades antiguas y devolver el protagonismo al territorio. La gastronomía canaria ha sido clave en este proceso, incorporando los vinos insulares para dialogar con quesos artesanos, pescados atlánticos y mojos.

Pocas cosas representan mejor esta dimensión emocional que la canción “La Vuelta al Mundo”, interpretada por Mari Sánchez, cuyo canto resumió la nostalgia y la belleza de las medianías, demostrando que el patrimonio también vive en la música popular y la memoria oral.

La “Vuelta al Mundo” fue una manera de mostrar al visitante que Gran Canaria poseía un alma unida al paisaje volcánico. El futuro de la isla no depende de inventar algo nuevo, sino de recuperar con inteligencia aquello que siempre la hizo especial. Descorchar hoy una botella de vino de Gran Canaria significa abrir una parte de su historia: en cada copa aparecen siglos de agricultura heroica, rutas atlánticas y generaciones de viticultores que aprendieron a convertir la dureza del territorio en belleza.