En unas islas, todavía marcada por caminos rurales, comercio marítimo intenso y una sociedad donde el coche era aún un bien notable, los años que van de finales de los 50 a los 60 trajeron consigo un fenómeno singular: la aparición de vehículos británicos elegantes y grandes que, más allá de ocupar espacio en las carreteras, también ocupaban un lugar en la memoria afectiva de quienes los veían y sentían. Los Humber Hawk y Super Snipe eran dos de esos coches que llamaban la atención, incluso antes de que el turismo transformara la fisonomía del archipiélago.
Para muchas familias canarias de la época, ver un Humber Hawk en las calles era como ver “algo que venía de más allá del mar”. No era extraño que llegaran en barco desde puertos ingleses con su distintivo color oscuro y su diseño sobrio, luciendo unos detalles que escapaban a los SEAT o Simca más comunes en la Península. Construidos con motores de 4 cilindros y carrocerías amplias, estos Hawk transmitían una sensación de estabilidad y calidad que para muchos habitantes de las islas era sinónimo de lujo discreto.
Los Hawks de los años 60 —especialmente las Series IV y V— eran capaces de desenvolverse con suavidad en carreteras insulares aún con muchos tramos sin asfaltar. El sonido del motor al arrancar en la plaza del pueblo o frente a las tiendas del centro era para muchos vecinos algo digno de comentario: “ese coche suena diferente”, decían, reconociendo un tipo de mecánica más silenciosa y refinada que la de otros coches comunes de la época.
Pero si el Hawk era elegante y asequible para profesionales acomodados, el Super Snipe estaba reservado para quienes querían marcar distinción. En su versión de finales de los 50 y en las sucesivas series de los 60 —con motores de seis cilindros de 3 litros y mejores prestaciones— era considerado un coche de representación.
Algunos habitantes de Tenerife recuerdan cómo se convertía en centro de atención cuando llegaba a actos sociales o recepciones oficiales en las capitales. En muchas ocasiones, era el vehículo con el que iban empresarios o autoridades ligadas al puerto, al comercio de plátanos y tomates o a la incipiente industria del turismo. No era raro verlo aparcado frente a hoteles o frente a edificios administrativos, con su parrilla frontal característica y carrocería elegante, que parecía decir: “esto no es un coche cualquiera”.
Para muchos jóvenes de la época, el recuerdo de un Hawk o un Super Snipe no era solo por su apariencia —aunque era diferente a casi todo lo que se veía por las islas— sino por pequeños detalles que hoy nos parecen anécdotas: que tenían habitáculos con madera en los salpicaderos, asientos amplios y cómodos, y marchas suaves; o que algunos tenían cambio automático o dirección asistida, elementos poco frecuentes en coches de la España de esos años.
Madres y abuelos relataban que, al subir al coche por primera vez, muchos niños se impresionaban por “lo mullido” de los asientos y el silencio del motor —tan distinto al volumen de otros coches familiares—. “Era como viajar en un salón, no en un coche”, decían algunos.
Quienes vivieron esa década recuerdan que cuando pasaba un Hawk o un Super Snipe por la calle principal, no era raro escuchar bromas como: “mira ese, debe ser del consulado o del gerente del hotel”. Y muchos, incluso sin poder subirse a uno jamás, contaban historias de amigos o familiares que tuvieron la oportunidad de viajar en ellos. Algunos incluso murmuraban sobre cuánto costaría uno, o si podrían conducirlo algún día.
Los Humber Hawk y Super Snipe permanecen en la memoria colectiva como coches que marcaron una época de aspiraciones, cambios y admiración por la ingeniería británica. Cada viaje por carretera, aunque hoy sólo sea recreativo, transporta a los recuerdos de una Canarias en la que el coche era mucho más que un medio de transporte: era un símbolo de vida, progreso y distinción.
Ecos de las pruebas de los 60
Los primeros rallys con estructura organizada en Canarias que sí cuentan con documentación histórica fueron a partir de 1962, cuando pruebas locales ya reunían a más de 40 equipos, en una época en que la afición acelerada aún convivía con eventos puramente sociales.
En aquellos años, aficionados y jóvenes mecánicos hablaban con orgullo de coches potentes que pasaban por sus zonas — y si bien los Humber no eran vehículos típicamente pensados para competición, su fiabilidad, su potencia de seis cilindros en el caso del Super Snipe y su estabilidad en terrenos complicados los hicieron objeto de fantasías y experimentos por parte de algunos seguidores locales del motor. Más de una conversación de garaje en las plazas de los pueblos giraba en torno a ¿cómo sería ver un Super Snipe atacar un tramo rápido de montaña?