Por Kiko Barroso
En Fuencaliente, al sur de La Palma, el aroma del pan recién hecho forma parte del paisaje. Entre volcanes, salinas y mar, la Panadería Zulay es mucho más que un despacho de pan: es memoria viva, relevo generacional y compromiso con un oficio que ha alimentado a generaciones enteras. Al frente del negocio están tres hermanos (Bryan, Rubén y Aday) que cada madrugada encienden el horno con la misma determinación con la que su familia lo hizo hace casi un siglo.
La historia de la panadería se remonta a 1937 cuando el bisabuelo. Eladio Santos, decidió emprender en el municipio. Desde entonces, el testigo ha ido pasando de mano en mano, como se pasa el pan caliente en una mesa familiar. “Nuestro relevo, que es familiar, se funda en 1937 por nuestro bisabuelo Eladio Santos, luego es abuelo Andrés Santos quien toma el testigo y nos da la responsabilidad hace 10 años con la que tanto cariño y mimo nos entregamos a este oficio”, relata Rubén Medina Santos uno de los actuales propietarios y pastelero.
Ese traspaso no fue solo administrativo, sino profundamente emocional. Asumir el negocio familiar implicó tomar decisiones personales y profesionales que marcaron sus vidas. “Nos supuso renunciar a la comodidad, casarnos con la tradición y que nuestro abuelo se sintiera orgulloso de que sus nietos disfruten de este bonito oficio por el que él tanto ha luchado junto a nuestra abuela Ciela”, explica. En sus palabras hay sacrificio, pero también convicción: la de entender que el pan no es un producto cualquiera, sino un símbolo cotidiano de cuidado y pertenencia.
Trabajar entre hermanos es, para ellos, una ventaja añadida. El obrador es también una extensión de la casa. “Pues como buenos hermanos, partimos que nos conocemos muy bien y en un equipo eso juega a tu favor, eso en un equipo que marca la diferencia”. La confianza mutua y el conocimiento compartido les permiten repartirse tareas, afrontar imprevistos y mantener el ritmo que exige un oficio que no entiende de festivos ni horarios cómodos.
En un mercado cada vez más dominado por la producción industrial y la inmediatez, la Panadería Zulay defiende su esencia. ¿Qué hace diferente a su pan? “Pues la personalidad, la identidad y por supuesto que son productos artesanos, no hay otros iguales”. La frase, directa y sin rodeos, resume su filosofía: cada pieza que sale del horno lleva la impronta de quien la ha amasado. No es solo harina, agua y sal; es tiempo, técnica y memoria.
Sin embargo, el oficio atraviesa momentos complejos. La evolución del sector no siempre ha sido favorable para los pequeños artesanos. “Pues lamentablemente, la evolución no nos ha dejado más compañeros de gremio, en otras palabras, cada vez son más los artesanos de este oficio que desaparecemos. Esto me da mucha tristeza y nos da mucha preocupación. Quizás atravesar una época de inmediatez, no ha dejado en buen lugar a aquellas cosas que los artesanos hacemos con tiempo y cariño”. La reflexión apunta a un cambio de hábitos de consumo donde prima la rapidez frente al proceso, el precio frente al origen.
A esa transformación se suman los retos propios de su entorno. “Pues la naturaleza nos ha puesto escenarios muy complicados, la industria ha sabido confundir al consumidor muy bien y en eso sumamos que el horno se enciende en Fuencaliente que tiene triple insularidad, no hemos empezado a amasar y ya partimos con estos retos muy importantes que hemos podido superar”. En una isla no capitalina y en un municipio del extremo sur, los costes y la logística son un desafío añadido. Aun así, la constancia ha sido su mejor herramienta.
La importancia de la panadería en la vida social y económica del municipio quedó especialmente clara durante los momentos más duros de la pandemia. “Se comprobó en la pandemia, hacemos un producto de primera necesidad. Siempre estamos. Formamos parte de un ritual de nuestra dieta, de nuestra gastronomía, si el pan está en todos lados, nosotros también lo estamos. Así que nos sentimos muy importantes en la vida de nuestros vecinos”. El pan, alimento básico por excelencia, se convirtió entonces en símbolo de continuidad y resistencia. Mientras todo parecía detenerse, el horno seguía encendido.
En Fuencaliente, comprar el pan no es solo una transacción: es un gesto diario que refuerza la comunidad. La panadería es punto de encuentro, conversación breve, saludo temprano. Es parte del paisaje humano del municipio, igual que lo son sus volcanes o sus viñedos. En cada barra y en cada pieza dulce viaja una historia familiar que ha sabido adaptarse sin perder su esencia.
Mirando al futuro, los hermanos tienen claro que la sostenibilidad y la felicidad son ejes fundamentales de su proyecto. “El objetivo está claro, que seamos más felices todos, parece muy romántico, pero es cierto que las personas debemos de movernos por cosas que nos gusten, que nos hagan más felices y en estos tiempos somos conscientes de la importancia de ser más sostenibles. Por eso en Zulay tradicionalmente innovamos para tener un futuro mejor, para ello siempre debes de tener un caldero al fuego. Se vienen cositas”. Innovar sin traicionar la tradición es su fórmula: mantener el fuego encendido mientras se exploran nuevas recetas y formas de hacer.
A punto de cumplir nueve décadas de historia, la Panadería Zulay demuestra que el pan sigue siendo un acto de resistencia cultural. En tiempos de prisas y pantallas, amasar cada madrugada es también una declaración de principios. Desde 1937 hasta hoy, en el sur de La Palma, hay un horno que no se apaga y una familia que entiende que el futuro, como el buen pan, necesita tiempo, cuidado y calor constante.
Hoy hemos hablado solo del pan, de sus masas con alma, pero también son expertos y exquisitos pasteleros.
