El vino en Canarias: tradición y modernidad

Lluís Serra

La historia del vino en Canarias está profundamente ligada a la propia historia del archipiélago. Desde la llegada de los colonizadores europeos en el siglo XV, la vid se convirtió en uno de los cultivos más relevantes, especialmente en islas como Tenerife, La Palma, Lanzarote y El Hierro. Los suelos volcánicos, el clima subtropical y la influencia constante de los vientos alisios crearon unas condiciones únicas que dieron lugar a vinos singulares, muy apreciados en Europa durante los siglos XVI y XVII.

En aquella época, los vinos canarios, especialmente los malvasías dulces, alcanzaron gran prestigio en mercados como Inglaterra, Flandes y América. Autores como Shakespeare o Walter Scott mencionaron estos vinos en sus obras, reflejando su importancia cultural y económica. La viticultura se convirtió en un pilar de la economía insular, generando comercio marítimo y configurando el paisaje agrícola mediante terrazas, bancales y sistemas de cultivo adaptados a terrenos abruptos.

Una particularidad fundamental del vino canario es que muchas de sus variedades son pre-filoxéricas, ya que la filoxera nunca llegó a las islas. Esto ha permitido conservar cepas autóctonas y sistemas de conducción tradicionales como el cordón trenzado, que no se encuentran en otras regiones vitivinícolas del mundo. Esta singularidad genética constituye hoy uno de los mayores patrimonios vitivinícolas del archipiélago.

Durante el siglo XX, la viticultura canaria experimentó importantes transformaciones. Tras un periodo de declive debido a cambios en los mercados, emigración rural y competencia de otras regiones, se produjo un proceso de revalorización del vino local a partir de finales del siglo XX. Este resurgir estuvo impulsado por la creación de denominaciones de origen (DO) y por el interés creciente en los productos ligados al territorio y la identidad cultural.

Actualmente, Canarias cuenta con varias Denominaciones de Origen Protegidas (DOP), entre ellas Tacoronte-Acentejo, Valle de La Orotava, Ycoden-Daute-Isora, Abona, Valle de Güímar, Lanzarote, La Palma, El Hierro y Gran Canaria. Estas entidades regulan la producción, garantizan la calidad y promueven los vinos en mercados nacionales e internacionales. Además, organismos como el Instituto Canario de Calidad Agroalimentaria (ICCA) y los consejos reguladores de cada DO desempeñan un papel clave en la certificación, promoción y control de los vinos.

En el ámbito científico y técnico, universidades, centros de investigación agraria y asociaciones de viticultores trabajan en la conservación de variedades autóctonas, la mejora de prácticas agronómicas y la adaptación al cambio climático. La viticultura heroica, practicada en pendientes pronunciadas y suelos volcánicos, ha sido reconocida como patrimonio cultural y paisajístico, reforzando la identidad del vino canario como un producto ligado al territorio y al esfuerzo humano.

En las últimas décadas, ha surgido un interés creciente por los vinos naturales o de mínima intervención, una corriente que busca elaborar vino con el menor número de aditivos y manipulaciones posibles, respetando la expresión del terror y los procesos biológicos espontáneos. En Canarias, esta tendencia ha encontrado un terreno especialmente fértil debido a la singularidad de sus viñedos y a la tradición de prácticas agrícolas poco intensivas.

El vino natural se caracteriza por el uso de uvas cultivadas de forma ecológica o biodinámica, fermentaciones espontáneas con levaduras autóctonas, ausencia o mínima adición de sulfitos, y técnicas de vinificación poco intervencionistas como la no filtración o clarificación. En el contexto canario, muchos pequeños productores han adoptado estas prácticas para resaltar la identidad volcánica y marina de sus vinos, así como la diversidad de variedades locales como listán negro, listán blanco, malvasía volcánica, negramoll o vijariego.

El auge del vino natural también responde a cambios en las preferencias de los consumidores, que buscan productos más auténticos, sostenibles y vinculados al territorio. Ferias especializadas, bares de vinos naturales y exportaciones a mercados nicho han contribuido a posicionar a Canarias como una región de referencia en este movimiento. Sin embargo, este enfoque también plantea desafíos, como la variabilidad en la calidad, la necesidad de formación técnica y la compatibilidad con los marcos regulatorios de las denominaciones de origen. Yo destacaría algunas bodegas de vino natural y de mínima intervención: Envínate, Suertes del Marqués, Vinos Atlante y Piedra Fluida en Tenerife, Bien de Altura y Los Berrazales en Gran Canaria y Matías i Torres en La Palma.

En definitiva, el vino en Canarias representa una síntesis entre tradición y modernidad. Desde sus orígenes históricos como producto de exportación atlántica hasta la actual exploración de vinos naturales, la viticultura canaria continúa evolucionando, impulsada por organismos reguladores, investigadores y productores comprometidos con la preservación de un patrimonio vitivinícola único en el mundo.